En tierra de nadie


Que la política económica española está ahora mismo en tierra de nadie es una obviedad: tras cien días transcurridos desde las elecciones generales no hay aún perspectiva de Gobierno (aunque siempre he pensado que la negociación en serio para alcanzarlo empezaría precisamente ahora). Mientras tanto, el que permanece en funciones apenas da muestras de mantener un mínimo tono vital. Eso sí, vamos sabiendo que el año pasado, en plena efervescencia electoral, nos ocultó alguna cosilla (como el incumplimiento del déficit, que sí había reconocido a Bruselas), y quizá alguna otra que se irá conociendo. El caso es que en el 2016, del que ya ha transcurrido un trimestre, si no se negocia con éxito y urgencia un retraso, tendrá que producirse un importante ajuste adicional del presupuesto. Y de eso, como de tantas otras cosas, en la política económica y en otras -como la totalmente desaparecida política exterior- el Gobierno de Mariano Rajoy no dice palabra. Entretanto, algunas importantes reformas institucionales o del sistema de innovación están a la espera, y el tiempo perdido en poco favorece a la competitividad de la economía española. 

Pero no es solo aquí: muy curioso resulta que esa sensación de pantano, de aguas quietas, se extienda a gran parte del continente europeo. Lo facilita que, después de la gran agitación financiera de comienzos de año, haya sobrevenido -Mario Draghi mediante- una tregua en los mercados. Es claro, en todo caso, que las decisiones y el debate político económico ha desaparecido en buena medida del escenario europeo: pareciera que el drama de los refugiados y su impacto en la opinión pública, el miedo al terror yihadista, y el efecto paralizante del temor a un eventual brexit (salida del Reino Unido de la UE) no dejen apenas espacio para otros asuntos.

Porque, ¿qué fue del macroprograma de inversiones anunciado por Jean-Claude Juncker hace poco más de un año, del que se suponía era el punto clave para un nuevo comienzo en la carrera hacia el crecimiento? ¿Y de la redefinición de las políticas de ajuste fiscal, tan reclamada por dirigentes como el primer ministro italiano Matteo Renzi y por el propio Draghi? Ningún progreso digno de mención parece estar produciéndose en relación con estos asuntos, o al menos nada sobre ello ha trascendido. Pudiera ser otro signo de la ya famosa euroesclerosis, particularmente nocivo, pues mientras esa parálisis se hace evidente, se multiplican las señales de que los ritmos de la actividad económica van a menos. Más aún: cada vez se escuchan más voces que alertan de que el continente se enfrenta a un adverso escenario de estancamiento, con fuertes presiones deflacionistas, en el medio y largo plazo. 

Si en el caso de España la clave de la actual inacción está en la política, en otros países europeos, sin ser tan claro, podría estar ocurriendo algo parecido. Casi todos los gobiernos -ahora también, y ello es novedad desde hace bastante tiempo, el alemán- parecen estar en situación de schock, acumulando grandes dosis de impopularidad, y con riesgos importantes de perder sus próximas elecciones. Hace tiempo que se requiere un viraje en las políticas económicas europeas (sin mucho que inventar: con que se parecieran algo a las aplicadas en Estados Unidos en los últimos años sería bastante). Sin embargo, la respuesta que están dando los gobiernos es la peor de las posibles: adentrarse en tierra de nadie.

Por Xosé Carlos Arias Catedrático de Economía

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