Humanicemos el crecimiento

Si se cumplen las proyecciones, la economía española alcanzará en el 2016 su pico de producción, pero los trabajadores aún tendrán que esperar cuatro o cinco años para ganar poder adquisitivo


¿Recuerda el 2004? El nivel de empleo de España, al terminar el 2016, será similar al de ese año. Es más, la producción nacional llegará a sus máximos históricos. Si hacemos caso a lo que nos indica el Ministerio de Economía -y deberíamos, porque generalmente es conservador en sus estimaciones-, el producto interior bruto (PIB) crecerá un 3,6 % en términos nominales y un 2,9 % si ignoramos el efecto de la subida de precios. De hecho, entiende que de aquí al 2018 el crecimiento real nunca caerá de esta última cifra, moviéndose más bien en entornos del 3 %. Si los datos se miden en términos nominales, contabilizando la inflación estimada, hablaríamos de cifras cercanas al 5 %; más exactamente el 4,6 % para el 2018.

Dentro de cuatro años este país, su país, será, como mínimo, un 12% más rico en términos reales que hoy -y teniendo en cuenta la inflación, un 17%-. Y a usted, ¿cuánto mejor le irá? Porque, ¿qué es un país más que el conjunto de sus ciudadanos, que el esfuerzo de los que salen a romperse la espalda pensando que al construir una nación están cimentando también su futuro y el de los suyos? Es evidente que estos datos son como la respuesta a una carta de los reyes magos realizada en el 2012. Y, sin embargo, llegado el regalo al salón de nuestra casa, observamos que la alegría esperada está ausente. ¿Qué está pasando? Pues que el crecimiento no tiene alma ni corazón, ese se lo tenemos que poner nosotros, y por ello nos juzgarán en el futuro, pues hemos entrado en una fase en que o humanizamos al Estado, o este se convertirá en una fría arma de poder al servicio de no se sabe quién.

Y malos mensajes lanzamos cuando no somos ni capaces de pagar deudas, empezando por el principal de los acreedores, los más humildes de nuestra sociedad, los que han renunciado a todo tipo de poder para delegárselo a aquellos que consideran mejores, a los dirigentes sociales y económicos. Estos, que no hicieron nada para provocar esta crisis, salvo trabajar, a los que no podemos devolverles los años perdidos pero sí darle futuro a sus hijos, a estos les incrementamos las becas en tres miserables millones de euros ¿Es esto recuperación? Nos alteramos porque el ministro de Interior recibe a Rato y nos olvidamos de que seguimos sin dinero para educación. Acaso seguimos creyendo que España es un universo de clase media y que ese problema es de los otros, de los manipulables, de los que no alteran el juego político. Pero si no desea hablar de becas, podemos discutir del coste de la electricidad, del precio de las gasolinas, de los salarios de los nuevos empleos, del número de maestros que se han jubilado y que no han sido repuestos o hablemos simplemente de comida.

cambios en la dieta

Sí, hablemos de alimentación, observemos los datos del último diciembre, ese mes en el que tiramos la cada por la ventana, y comparémoslos con los del 2013. Según el Ministerio de Agricultura, el consumo de carne siguió cayendo, decreció su compra en un 2,5 % en volumen y 2,1 % en gasto. Y el dato no fue peor porque la venta de carne de cerdo repuntó un 5,7 %. Los pescados frescos sufren una caída bestial, de un 8,4 %, y lo único que sube son el congelado y las latas de conservas. Esta es la realidad del crecimiento económico español, es la verdad que se oculta tras la ventana de nuestros hogares. Por cierto, el universo de esta encuesta son 12.000 personas. Dicho de otro modo, hablamos de los datos más fiables de la estadística española.

El año que viene nos dirán que estamos en máximos históricos del PIB y no mentirán, pero si nuestro abuelo resucitase por Navidad y se dejase caer por la mesa de Nochebuena descubriría que esta está más cerca de las que se veían en la transición que de las de la primera década del siglo XXI. Se está gestando, tanto en lo territorial como en lo social, una España de dos velocidades. Y con esta afirmación soy generoso, pues implica que todos llegaremos a la meta, aunque a diferentes tiempos. De hecho, esta es la tesis que defienden los que afirman que el mejor ministro de bienestar social es el propio crecimiento y, aunque razón no les falta, tampoco podemos suponerlo tan sumamente inteligente como para creer que no necesita una ayuda.

El problema que nos acucia no es absolutamente nuevo, lo ha sufrido el capitalismo británico, el alemán? prácticamente todas las naciones europeas. Y estas siempre han respondido de modo acertado, pero es igualmente cierto que siempre lo han hecho bajo amenaza de caída del sistema político vigente. Toca de nuevo reaccionar, pero esta vez sin esperar a ninguna amenaza política, sino por pura empatía con la sociedad que ha sufragado, con sus esperanzas, el coste de esta crisis. Y si esta razón no le vale, le diría que, por propio egoísmo, mayor bienestar social se traduce en más crecimiento. La literatura económica es abundante a este respeto y la correlación entre paz social y desarrollo económico está ampliamente fundamentada. Por lo tanto, la pregunta no debe ser si humanizamos o no el crecimiento, sino cómo hacerlo y por dónde empezar.

la solución británica

El imperialismo británico, ante el temor de los sindicatos y el marxismo del siglo XIX, decidió centrarse en los salarios reales de los británicos, es decir, en potenciar su capacidad de compra. Fue una decisión estratégica y cuestionable, pero a la que personalmente me he apuntado desde hace años. El Estado no está para fijar los salarios que se abonan en las empresas, aunque pueda regular el proceso de diálogo social; pero sí tiene la capacidad para abaratar la cesta familiar. Y esto, traducido a nuestra sociedad, implica hablar de educación, sanidad y transporte o movilidad, las tres áreas de gasto que le quitan el sueño a toda familia. Dibujemos el cuerpo humano del sistema y después veremos cómo lo vestimos. Podemos, por ejemplo, discutir si deseamos talones educativos y que cada familia posteriormente elija libremente su colegio o universidad, o si preferimos una fuerte red de educación estatal en la que la iniciativa privada no tenga espacio. Son debates que juzgo necesarios, pero son posteriores, lo inmediato es marcar las líneas rojas del bienestar. Y, aunque estas a veces son difusas, todos estamos de acuerdo en que con menos maestros, carencia de mantenimiento de los centros educativos, alumnos sin becas, hospitales saturados, parejas incapaces económicamente de tener hijos, dependientes que arruinan a sus familias, sistemas de transporte públicos ineficientes o mercados energéticos insensibles a la caída de la demanda o el coste de producción, no podemos sonreír.

¿Y el empleo? Va razonablemente bien, pero necesitaremos que continúe a este ritmo durante cuatro o cinco años más, hasta el 2020, para generar tensiones salariales que provoquen ganancias claras de poder adquisitivo. La pregunta que debemos hacernos es si es necesario esperar al 2020 para que el bienestar se cuele por nuestras casas y, llegado ese momento, preguntarnos si nos habrá gustado la España que hemos creado. Tengo mis dudas.

V. Salcines (@Venan_Salcines) preside EF Business School

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
58 votos

Humanicemos el crecimiento