Un estudio de Oceana realizado en cantinas de las instituciones europeas en Bruselas revela que uno de cada tres pescados que se sirven no es aquel por el que paga el consumidor
08 nov 2015 . Actualizado a las 05:00 h.El reloj marca la una y media en el Berlaymont. Funcionarios, periodistas y algún que otro grupo de visitantes se arremolinan en el interior de la cantina de la Comisión Europea. Una larga cola de estómagos hambrientos esperan su turno frente al lineal del pescado. Nadie hace preguntas. Apoyan la bandeja, recogen el plato y enfilan hacia la caja para pagar. Ni siquiera reparan en el precio. Ya en la mesa, ojeo el plato de mi compañera y le pregunto qué está comiendo: «Creo que es lenguado con una especie de salsa verde y patatas», contesta. No está segura. Cabe la posibilidad de que su paladar no sea capaz de distinguirlo o, como denuncia Oceana, que le hayan dado el cambiazo. Quizá ambas cosas.
La organización dedicada a la defensa de los océanos presentó esta semana las conclusiones de un estudio que intenta aclarar si lo que nos llevamos a la boca concuerda realmente con lo que nos venden. En total, se analizaron 280 muestras recogidas en Bruselas, en restaurantes y cantinas de las instituciones europeas. Los resultados hablan por sí solos.
El alcance del fraude
El 38 % del pescado que comen los funcionarios europeos es un fraude, pero nadie reparó en ello ni lanzó la voz de alarma. Las especies de mayor valor comercial y que más escasean son sustituidas por otras más baratas y menos conocidas. El 95 % del atún rojo analizado no era tal. En el 72 % de los casos era atún de aleta amarilla y en el 22 % era patudo: «No queremos culpar a nadie. No sabemos en qué punto de la cadena está el fraude», apunta María José Cornax, directora de pesca de Oceana en Europa. Cornax apunta como responsables a los legisladores europeos, a los que demanda una normativa sobre trazabilidad y etiquetaje más estricta.
El fraude está extendido: «Es una práctica común en Europa», denuncian en el informe. En el caso del bacalao, cuyas poblaciones están en muy mal estado, se ha detectado que el 13 % no se correspondía con esa especie. ¿Con qué decidieron engañar al consumidor? Con un amplio surtido de especies. Siete en total, que sirvieron para esconder el fraude. Entre ellas la estrella asiática, el panga.
Ese pez de cultivo y agua dulce también es utilizado para dar el cambiazo con el lenguado. El 11 % de las muestras de esta especie resultaron engañosas, y aunque a un paladar gallego difícilmente se le puede dar gato por liebre, al de los funcionarios europeos parece que les convence. Cornax lanza la alerta: «Las condiciones sanitarias del panga son alarmantes, desaconsejaría comerla». Pero en el corazón de Europa nadie se preocupa de cómo ha llegado su comida al plato. «Hay mucha ignorancia sobre el mar y nuestros pescados. España, Portugal o Italia tienen más cultura pesquera que Polonia o Bélgica. Pero ¿qué puedes esperar cuando el conocimiento de un país como el del Reino Unido lo mide el fish & chips?», asegura Cornax, quien no descarta que este fenómeno también pueda estar ocurriendo en España: «Esto está ocurriendo también con el 40 % del atún rojo de Cataluña», indica.
Muy barato para ser verdad
¿Es que nadie se fija en el precio? «Demasiado barato para ser verdad», apunta con acierto el informe. El lenguado tiene un precio medio de venta en restaurantes en torno a los 27 euros, mientras que el que se consume de forma fraudulenta es de 17 euros, un precio más bajo pero muy por encima del valor de la especie que en realidad se está comiendo. ¿Y cuáles son los riesgos? Por un lado, el impacto en la salud. El fraude puede servir para meter en el mercado productos pescados de forma ilegal. Para conseguirlo, esquivan los controles sanitarios, pero además, si se da una alarma alimentaria, es imposible seguirles el rastro para retirarlos del mercado porque nadie sabe que están en circulación. Otro impacto inmediato es el de las sobreexplotaciones de especies, que ponen en peligro las poblaciones y el modelo de negocio del sector que sí cumple con las normas.
La respuesta de Bruselas, ha sido tan decepcionante como predecible. «Estamos comprobando cuántas y cuales de las cantinas de la Comisión han sido estudiadas por Oceana», aseguran, pero eluden hablar de responsabilidades o cambios en controles y legislación.