«Empezaba con siete cervezas en el mismo bar y pasaba cinco días borracho»

Varios lucenses cuentan cómo consiguieron dejar el alcohol después de asistir a numerosas reuniones de grupo


lugo / la voz

Los martes, jueves, sábados y domingos hay reuniones del colectivo Alcohólicos Anónimos en el local social de la entidad, ubicado en el edificio de Cáritas, justo al iniciarse la calle de los vinos de Lugo. Acuden habitualmente entre diez y doce personas que, además de debatir, siguen el denominado «programa de los doce pasos» que empieza por admitir «que eramos impotentes ante el alcohol y que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables». Aseguran que «rara vez hemos visto fracasar a una persona que haya seguido cuidadosamente nuestro camino: no se recuperan los que no pueden o quieren entregarse a este sencillo programa».

Dicen que ni son una secta, ni tampoco una ONG. «Somos -apuntan- una asociación de hombres y mujeres que no aceptamos el alcohol, entre otras razones porque no tiene piedad. El alcoholismo es una enfermedad del alma y del cuerpo. Nos enfermamos por la boca y nos recuperamos por la boca compartiendo nuestras experiencias con total libertad».

En Lugo funcionan varios grupos, pero el objetivo, dicen, es el mismo. «No llegamos aquí -explican en una reunión celebrada hace unos días- por beber leche, ni tampoco por un dolor de muelas. Llegamos aquí porque nos vimos afectados por una enfermedad emocional, mental y física. Bebimos para escapar de nuestras realidades, para no sentir... por no saber gestionar nuestras emociones».

Dicen que beber alcohol está tan socializado que muchos creen que no es un problema serio y que lo pueden dejar. Además, recuerdan, el alcohol está al alcance de cualquiera. Hay cervezas por apenas veinte céntimos y se puede conseguir un cartón de vino por 60. A mayores, es habitual que los hosteleros no pongan límites. Los hay que, aún viendo a un cliente en un estado muy comprometido, le siguen sirviendo alcohol. «Yo empezaba con siete cervezas en el mismo bar y pasaba hasta cinco días borracho», destaca uno de los asistentes al encuentro.

Quien contacte con Alcohólicos Anónimos recibirá ese mismo día la atención de dos miembros del grupo que expondrán sus experiencias. Después, la reunión de ese día del grupo estará dedicada por completo a esa nueva persona. «Somos anónimos, pero no secretos. Quien se queda después de ese primer encuentro es por atracción», dicen. De todos modos, lanzan una advertencia: «Esto no es mágico. Requiere un mínimo de tres meses o unas noventa reuniones. No es fácil. Pero cuando te das cuenta que has perdido la dignidad, ya no se trata de dejar de beber, sino de sufrir».

Los integrantes del grupo destacan que están abiertos a acudir a los centros educativos a explicar su situación y sus experiencias pasadas, siempre y cuando se lo pidan. Conseguir que un joven no caiga en lo que ellos tuvieron que vivir ya les merece la pena, aseguran.

«No me llegaba una botella»

Las experiencias personales que van transmitiendo algunos de los miembros del grupo son aterradoras. Juan, nombre supuesto, se presentó un día en Alcohólicos Anónimos porque se bajaba una botella de alcohol cada noche «y no me llegaba porque cada vez bebía más». Este lucense, que ya pasa de los cincuenta, fue a la reunión y marchó a trabajar. «Esa noche -recuerda- estuve totalmente acojonado y no me atreví ni a mirar las botellas de alcohol. Ahora llevo ocho años sin beber».

Otro de los miembros del grupo contó que llegó a él gracias a una hermana. «Llegué con el convencimiento de que no bebía, pero pretendía que me enseñaran a vivir sin beber. Me dieron el programa de los doce pasos y conseguí dejarlo porque vas consiguiendo más ganas de vivir pero, al igual que la enfermedad es incurable, la recuperación es inacabable por lo que sigo acudiendo las reuniones», expresó.

«Llegué a beber alcohol etílico con bitter»

 Francisco es otro de los que asisten a los encuentros del grupo. «Empezaba a beber y realmente perdía la memoria del tiempo que pasaba borracho. Me servía todo lo que me pusieran con tal de que fuese alcohol. Era capaz de buscar una botella o un simple cartón de vino aunque fuera en el desierto. Realmente no bebía por el sabor de lo que me tomaba, sino por los posteriores efectos», relató.

Su situación fue desesperante: «Llegué a beber alcohol etílico con bitter». Esta última bebida se popularizó en los años ochenta como aperitivo sin alcohol en algunos casos.

«Bebía todo lo que me pusieran por delante entre otras razones porque, en esas condiciones, no se aprecia el peligro y, claro, cuando la obsesión te gana, resulta que estás perdido», relató este hombre que asegura que el síndrome de abstinencia pasa tomando cuatro cervezas. Él asegura que llegó a robar para poder beber.

Detrás de su problema, se escondían algunas cuestiones como una falta de autoestima. «Hay que soltar emociones. Una solución es el despertar espiritual. Algunos psiquiatras te dan la espalda y te dicen que no bebas más».

En el grupo está también una muchacha que es la última que llegó. Lo hizo hace tres meses con una historia muy complicada que le llevó, incluso, a intentar quitarse la vida. «Bebía por ansiedad, para apagar las emociones. Todo me preocupaba. Entonces iba aumentando hasta llegar a escondidas sin que mi novio se enterase. En realidad no sabía nada», apuntó.

 «Con los pies rotos»

«Era impulsiva y tendía a la depresión. Un día me emborraché y pretendía dejar de sufrir así que intenté suicidarme pero, al salir del hospital en silla de ruedas, la situación se complicó muchísimo. Al verme con los pies rotos, aún bebí más. Resulta que cada vez tenía más problemas. Fui a psicólogos, pero las terapias no me funcionaba», relató. «Siempre intentaba minimizar la situación porque me sentía joven y no podía tener el problema», significó.

Llegó a Alcohólicos Anónimos y «me sentí atraída por el programa porque estaba derrotada y quería dejar de sufrir. Ves a los demás como están y dices: yo también quiero estar así. Tus familiares te pueden ayudar, pero no son alcohólicos. Quien realmente te entiende es un compañero alcohólico. De hecho, hay un sentimiento de solidaridad que hace que a los recién llegados los considero como si fueran mis hijos».

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