ANDRÉS ABERASTURI
26 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.El entrañable Felipe Mellizo se inventaba no sólo las citas que quería sino incluso a sus autores. O sea, como ahora pero al revés. Siempre ha habido negros en literatura y yo creo que son no sólo necesarios sino incluso saludables. En ese mundo raro del libro y su entorno todos se conocen más o menos y hay negros que se cotizan muy bien y hasta tienen lista de espera. Otra cosa es el negro de discurso; ahí hay que coger la pluma -el ordenador- con papel de fumar y ponerse en la piel del oficiante, porque la ficción lo soporta casi todo, pero unas breves palabras en un acto inaugural pueden resultar tan realmente breves que manden al ostracismo definitivo no a quien las escribió, sino a quien las dijo. Y eso tiene un precio. Mi experiencia como negro de discursos es escasa y aunque me estrené con un mantequero de muchos posibles, llegué incluso a improvisar para todo un director general de televisión. El oficio tiene su gracia porque te convierte en un auténtico mercenario nada metafórico del adjetivo y lo mismo te da ocho que ochenta: te pagan por pulir, por poner en bonito el pensamiento de otro, incluso por inventarte ese pensamiento y alfombrar la inauguración de un supermercado citando a Wittgenstein. Todo vale siempre que acabe bien y en eso hay que dar la razón a los críticos del discurso que leyó el Rey en el Cervantes: el oficio de escribidor es el que es y lo único prohibido es poner al orador en tela de juicio.