A grandes rasgos, el que se produzca un incendio depende de que existan una fuente de calor y algún tipo de material combustible. La fuente puede surgir de manera natural, por ejemplo un rayo, o puede generarse de manera más o menos intencionada. La cantidad y calidad de materia combustible, en el caso de los incendios forestales, depende de cuestiones como la política forestal, los mecanismos de prevención y el grado de abandono del territorio. Una vez que el fuego se produce, su extinción está condicionada por los medios disponibles, el grado de formación y coordinación del personal y las condiciones meteorológicas del momento.
La cuestión es compleja y necesitamos abordarla de manera integral, con criterios técnicos y no políticos; sobran las declaraciones y las mangueritas. Creo que no es suficiente centrarse en los pirómanos, por importante que sea el asunto y, si bien me parece relevante la disponibilidad de medios de extinción, por obvio que les suene, el mejor incendio es el que no se produce; hay, por tanto, mucha tela que cortar.
Los incendios de hoy son el producto de la política del pasado, de la falta de ordenación y de la sumisión de esta a los intereses económicos de unos pocos. Es necesario revisar la política forestal, definiendo con claridad qué se puede plantar y dónde, y cuáles son las obligaciones de propietarios o comunidades en áreas rurales o periurbanas. La heterogeneidad del territorio gallego hace necesario adaptar medidas que discriminen positivamente a determinadas zonas rurales para mantener el asentamiento de la población y evitar el abandono de las actividades tradicionales; sé que esto es difícil, pero ya se ha hecho en otros países.
Aunque el fuego tiene un carácter estacional, no es la hostelería. Hay que revisar la temporalidad del sistema de contrataciones porque de seguir así, como ya ocurre en los hospitales, acabarán contratando a las brigadas el día del incendio. Hay que evaluar de forma seria la preparación técnica de las brigadas municipales y los criterios de contratación, además de la eficiencia de la privatización masiva de los servicios; no diré aquello de que un negocio se basa en que existan clientes, pero a mí no me gusta el sistema.
Y no estoy de acuerdo en que la eficacia o el éxito de la lucha contra el fuego se mida únicamente en el número de hectáreas quemadas, aunque sea un indicador relevante. Las consecuencias ecológicas son graves, pero las pérdidas desde el punto de vista biológico no son siempre visibles ni iguales. Un incendio en la zona núcleo de la reserva de la biosfera de Os Ancares lucenses, montes de Navia, Cervantes y Becerreá, debería hacernos reflexionar por más que, por la superficie quemada, no alcance la categoría de gran incendio. Es un gran desastre. Hace días estuve en la despoblada parroquia de Santa María de Rao, en donde se ha producido el incendio, observando abejorros; se trata de un grupo de polinizadores muy curiosos a los que con el paso del tiempo les he cogido cariño. No dejo de pensar que, como otras veces, se los ha llevado el mismo fuego de todos los veranos. Descansen en paz mis pobres abejorros.