Hay términos del gallego que si bien tendrán una raíz etimológica indudable, a mí me impactan cual sonoro bofetón en todo el tímpano. Mira que hay palabras ciertamente hermosas —se me antoja, por ejemplo, ledicia, saudade o agarimo—, pues nada, chico, que al producto estrella de la mesa que por Lugo, como saben, es el pulpo, va y le llaman polbo. Vaya nombrecito más hortera y chungo. Polbo. Gallego normativo, me imagino. Pero hombre, díganme de algún local de Lugo que rotule Polbería en el letrero. O alguno al que han entrado y les ofrece polbo el camarero. Si es que es perralleiro, cagonsós, suena a suajili o a zulú chusqueiro. Polbo… Cuando aún era un vocablo ignoto para el común del ciudadano, ya los más adelantados presumían de su técnica al respecto.
Me viene cierta anécdota a propósito del tema, cuando allá por los 90 una joven periodista, con lenguaje enxebre, entrevistaba a un paisanete del rural en la TV local. Fiestas de San Froilán. Casetas. La muchacha preguntaba trapalladas con sonoras carcajadas, y el fulano, con la boina bien calada y la colilla pendulante, contestaba con respuestas elocuentes adornadas de retranca. Los párpados casi pegados y expresión cara cartón, solo los pliegues de la frente delataban emociones cada vez que le llegaba el término en cuestión. Y cuando ya daba la chica por cerrada la entrevista, la imprevista reacción de aquel fulano la abocó, presa del pánico, a un glup trágame tierra y corta Pepe, por favor.
—Pois se aparcas o micrófono, invítote a un bo polbo.
En solo un día, la muchacha maduró por un trienio, me imagino. Como dijo aquel togado: son los polbos del camino. Así lo vi y así lo cuento.