Esto de la sana envidia no es más que un canto estúpido a la hipocresía. Aunque hay gente que alude a ella con el símil del colesterol, no es cierto, la envidia es siempre mala, insana, corrosiva… envidia. Jamás se me pasó por la cabeza concebir el rechinar de dientes como el producto de una magnánima sensación de tu interior. Vaya coña marinera. A finales del mes de agosto llevé a mi hijo a la estación de Ourense para coger el AVE rumbo a Madrid. La evidencia de los síntomas era patente desde el instante en que aparqué. Pues oigan, que me dio una envidia de la muerte ver la actividad que había allí, el continuo desfilar de gente, el delicioso ambiente que se respiraba en la terraza mientras tomabas tu café. El microclima en general. Aquello no era más que un glorioso barrio en hora punta de la ciudad. Evoqué mi Lugo por un momento y deseé fervientemente que nuestra modal futura se pareciera solo un poco a todo aquello; pero entre rechinar y rechinar de dientes, deduje que mi sueño era imposible en tanto en cuanto la política ferroviaria no cejara en ignorarnos, en empujarnos cual estorbo con premeditación y alevosía hacia nivel aldea. Volví con el corazón hecho una albóndiga de inquina rebozada en frustración y a estas alturas de la historia —ya ven, quince días después—, aún ando recuperándome del violento ataque de ultrafobia que me dio, pues llegué a acumular tal cantidad de rabia en modo espuma, que con un teclado tan pringado no había forma de escribir. Hoy por fin comienza a remitir y he conseguido articular este rabioso artículo para dar constancia, para incitar a los lucenses que se precien a pelear, a luchar por cualquier medio y proclamar abiertamente que existimos. Nos han aislado en sus proyectos pero nunca es tarde. La intermodal es sólo un paso. El AVE ha de pasar por Lugo sí o sí. Los lucenses no nos merecemos esto. ¡Qué se oiga el rechinar de dientes hasta en Madrid!