Desde que ha salido el coche eléctrico, la IA y otros inventos, no gano para disgustos. Vivo a ritmo aún de Edad Contemporánea y los tiempos que acaecen me rebasan. Y digo aún porque esa Edad está actualmente superada. Lo que me pasó es un claro ejemplo de desfase, de incompatibilidades de Rh; conozco bien la Edad Contemporánea, se lo aseguro, y esto es otra cosa. Llámenle como les plazca.
A los que andamos pululando todavía a los dos lados de la línea sin llegar del todo a aclimatarnos, se nos dice «apapostiados», que en lenguaje menos cruento significa despistados. Y un ejemplo idóneo a los efectos es el caso que al que firma, como digo, le pasó. Les cuento. Fue en la calle Rafael de Vega; ya saben, la de la antigua Telefónica. Andaba yo mirando así de lejos con la boca medio abierta un rótulo, cuando un hombre se me acerca y muy amable me sugiere: Disculpe, caballero, ¿podría hacerse a un lado?, es que intento darle marcha atrás al coche. Jeje…, al tener motor eléctrico no se oye.
Pegué un saltito de esos que uno pega cuando cree que algún coche le atropella, pues estaba a retaguardia, justo tras el maletero, y después solté un perdone trémulo tras un jeje de pena. Nada que perdonar, majete. Pero me imagino el despelote en el interior del coche... Bueno, al menos se apeó para avisarme, de largarme un pitonazo, dudo que aguantase.
Es el progreso, idiota —me digo en mi ventana aquí en el alto mirándome al espejo—, tu cerebro es un modelo del cincuenta y no cuenta con octava marcha. Pues debe ser por eso, el cacharro que me sustenta va muy lento. No sé si habrá acabado aún la Edad Contemporánea, pero oigan, yo estoy obsoleto.