Cambio de tercio

Emilio Rodríguez DESDE EL ALTO

LUGO

23 abr 2020 . Actualizado a las 09:08 h.

Lo cierto es que comienza a ser cargante disertar jueves tras jueves sobre el mismo tema. Lo reconozco. E Imagino que el lector, tocado ya con esta «operación cerrojo», también tendrá lo suyo con la que está cayendo y le cuentan a diario por los medios y agradece un tiempo muerto. Así que habiéndome hoy erguido con talante solidario, introduzco un soplo de aire fresco y cambio el tercio para que aquellos que han tenido la genial idea de leer La Voz esta mañana puedan ventilar un poco el clima irrespirable de su celda. Me despacho pues con esta breve y fútil ocurrencia, tan banal como grosera, pues las rejas de la mía me embotan el cerebro.

A lo largo de mi vida me han llamado gilipollas varias veces; y como nunca me atacó por indagar sobre el origen de este término, ahora que ando ocioso busco y, entre otras fábulas, doy con ésta: En el siglo XVII, Baltasar Gil Imón, fiscal del Consejo, llevaba a sus dos hijas a todas cuantas fiestas le invitaban por ver si las casaba, pues ambas eran feas y de corta inteligencia. Por entonces a las chicas las llamaban pollas, así que cuando el hombre aparecía surgía el comentario «ahí llegan Gil y sus dos pollas», que con el tiempo derivó en «Gil y pollas».

Me voy al diccionario y leo: gilipollas. Tonto, estúpido en exceso. ¡Rayos -me sorprendo- ¿yo soy eso?! Y mientras considero estupefacto que en el siglo en que murió Cervantes podría ya existir esta figura, me asomo a mi ventana aquí en el alto y veo a un mamarracho al que han pescado ya dos veces saltándose el encierro. ¿Gilipollas?... Califíquenmelo ustedes. Nada, no hay manera; otro jueves más que acabo yendo al tema.