Muchos niños de hace unas décadas recordaremos las visitas a la casa de los fantasmas, donde ahora se encuentran el Vicerrectorado de la Universidade de Santiago y la Domus de Mitreo. Rezaba la leyenda que los espíritus, las meigas o incluso los zombis habitaban el lugar.
Aquel y otros edificios, como la vieja factoría de Frigsa, se convertían en escenario para nuestras aventuras. Pero también conllevaba riesgos, las caídas o los golpes, las cicatrices de guerra. Inconsciencia de niño que no se para a pensar.
Un peligro que pasadas tres décadas sigue muy presente a lo largo y ancho de la ciudad. No tanto por que nuestros pequeños se vayan a adentrar en ellos, sino por los desprendimientos o incluso la posibilidad de derrumbe.
Cada edificación tiene sus características y particularidades legales, pero sí sabemos que las casas declaradas en ruina alargan su situación durante demasiado tiempo.
¿Qué hacer si los propietarios acumulan aviso tras aviso, sanciones que superan en algún caso los 40.000 euros, tasas por ocupación de vía pública cuando es necesario reforzar estructuras y vallar el perímetro? La vía administrativa se agota para el concello, que aparte de todas estas medidas, ordena a varios propietarios presentar proyectos de demolición.
No nos encontramos únicamente ante un tema estético, con esa sensación de abandono que a todos nos molesta. Es también un problema grave de seguridad ciudadana, y ante ello estoy con el concello. Si atendiendo a la ley, hay que ir más allá y recurrir al embargo, la subasta o la rehabilitación subsidiaria, ha de irse.