Con los tiempos que corren, nadie se cree nada de los políticos de turno, avezados en el arte de embaucar y mentir. El poder no solo corrompe, sino que aleja a quien lo ostenta de la cotidiana realidad. Y lo peor de todo es que, aupados a ese pedestal de la ambición sin tasa, se olvidan de sus deberes sagrados de servir al pueblo que los elige. Todas las promesas electorales se diluyen en un santiamén cuando juran la fidelidad a sus cargos. Por estos pagos sobran los ejemplos.
Por Lugo y su provincia apenas hemos sentido jamás el peso de los políticos de esta tierra. Es más, en Galicia se ha soportado con inexplicable abulia el agravio comparativo con los demás favorecidos. ¿Se acuerdan de aquel plan Galicia que iba a compensar nuestro abandono secular después de la catástrofe del Prestige? Nunca más se supo. ¿Se acuerdan así mismo de aquel AVE entre Lugo y Ourense, para enlazar con el de Madrid, que iba a financiarlo la Xunta a modo de anticipo con el del Gobierno central? Hasta nunca. ¿Y ahora, con el nuevo gobierno «amigo» que el señor Rajoy presidirá, quedarán coartadas para proseguir con el abandono más absoluto?
En principio, con otro gallego en la Moncloa debiera notarse algo, digo yo. Pues ni lo sueñen. Saben por qué. Pues lisa y llanamente porque no estamos ni para bachear socavones. Los augurios son apocalípticos, porque nadie va a coger el toro de la salida por los cuernos. Las fábricas de tijeras se ponen las botas, y a esos industriales sí que les va a ir de perlas. Como a las funerarias en épocas de pandemias.