Leña verde

José Ramón Ónega

LUGO

En los años cincuenta, en mis lares de Pol, el maestro don Daniel, inspirado y vocacional, creó un grupo de baile. Le bautizó Leña Verde por los niños y niñas de la escuela de Luaces y Mosteiro que lo formaban. Estaba mi hermano Fernando que hacía pareja de baile con nuestra prima Maruja.

En casa andan en cajones fotos amarillentas de Bernardino Barreiro en las que, brazos en alto, inician compases de muiñeira, con gaita al fondo que tocaba Alexo. Don Daniel dejó semilla germinal de aquel inicio.

Tres décadas después, Xesús Trigo y otros, inquietos de la tradición, resucitaron el grupo Leña Verde. Esta vez con jóvenes y maduros que devolvieron a la comarca polense el fuego sagrado del folklore, indagando raíces y recobrando sones esquecidos.

Hoy Leña Verde es prestigiosa asociación cultural que celebra varias xuntanzas al año, viaja al extranjero, e irradia música por donde pasa.

Acaban de celebrar su fiesta, para asociados y amigos, en la hermosa carballeira de Mosteiro. Corrieron empanadas, triunfó el lacón y alcanzó gloria el cordero asado salidos de las manos prodigiosas de Rosa María y familia. El grupo amenizó la tarde. Asombran. A las gaitas heroicas, incorporan saxos y otros milagros. Un grupo de diez jovencísimas muchachas, en vaqueros y ropa informal, rizan la danza, vuelan ingrávidas como si no tocasen el suelo, se mueven con la gracia sublime del valet clásico. Son guapas y tiernas. Me dijeron esto: la gaita etérea era Óscar Trigo, el acordeón José Irimia, la percusión, José Antonio Brañanova, y así. Las niñas, leves y ligeras como una aparición, muchachas de Meira, A Pastoriza y Pol.

A veces los milagros existen.