Benefactor traicionado

Eduardo Ramil

LUGO

En el problema con la colección Gil Varela emergen anomalías que el Museo ha mantenido desde su formación, y que se han empezado a enmendar. No es un organismo autónomo, ni reviste fórmula de ente administrativo, consecuencia de ello es la confusión que se establece al considerar algunos depósitos como permanentes, cuando estos son reintegrables, a la inversa de las donaciones. Por otra parte, el ingreso de cualquier objeto en un museo público constituye un acto administrativo. La anotación en el libro de registro de fondos es necesaria, pero no suficiente, debe existir un registro documental donde consten otros documentos firmados por ambas partes que recojan las características de los fondos y las condiciones del ingreso. El Provincial carece de ese registro.

Al parecer, la Diputación sostiene que las piezas son de su propiedad y, en consonancia con un sentir popular, las considera de extrema importancia. Pero no se tomaron las medidas para dotar con la máxima protección al conjunto, como una colección indisoluble enraizada en el Museo. Solo bajo la premisa de que se trata de una secundaria cabe el no haber iniciado un expediente de expropiación.

Que quede claro que si los resultados de la contienda jurídica arrojan la derrota del demandado, o sea, de la Deputación, -bien por plantear una estrategia ineficaz, bien por ignota causa- no se deben destinar más fondos públicos para mantener estas piezas en el Museo, no solo porque existen grandes necesidades en los museos de la provincia, si no porque la sociedad podría verse traicionada con la posibilidad de comprar o alquilar algo tenido como propio.

Un museo no solo exhibe unos fondos determinados, también conserva, estudia y divulga otros muchos. Dejar en custodia unas piezas tiene el objetivo fundamental de asegurar su conservación y transmitir su legado. El quebranto que sufriría por la retirada de estas piezas no es tal como algunos puedan creer; su discurso expositivo se mantendría sin estos originales.

Quién puede entonces considerar como fundamental para algún museo gallego un objeto como el carnero alado, procedente de Oriente Medio y sin vinculación cultural con nuestro país, o una pieza como el torques de Burela, hallado fuera de contexto y que ofrece muy pocos datos. Entonces la trascendencia de ambos debe radicar en que son de oro, añadiendo que el carnero es muy bonito y el torques muy grande. No nos encontraremos ante ídolos con pies de barro. Lo importante es que no se traicione a la sociedad dilapidando más fondos públicos por no actuar con la debida responsabilidad.