El agua

José Ramón Ónega

LUGO

Algún personal bebe whisky porque, en sequía, el agua escasea. En Lugo, el agua no escasea pero sale turbia y nadie sabe por qué. O si se sabe, no se dice. El agua fue antes que el hombre y el padre Miño dio de beber a la historia. En mis sueños líricos imaginaba yo a Kim Basinger, Claudia Schiffer y Nicole Kidman, soberbias bigardas, cuerpos de leyenda, saliendo del Miño en porretas. De la espuma del mar salió Venus, y de ahí vinieron las venéreas, azote del amor.

Para los gallegos el agua es un rito. Desde los castros, los pleitos por «augas» llenan la sociología rural. Escucho a mi padre: «Estas augas son nosas. Non perdáis os dereitos». En años de sequía se subía un bocoy del río para beber.

El agua es taumaturgia. Cuenta Vigila que en siglo VIII brujos y augures usaban el caudal de los molinos para sanar los lisiados. Los molinos fueron templos del pueblo: se cantaba y amaba, mientras el agua convertía en harina el moreno centeno.

En Lugo, los romanos curaron el reuma en las Termas y en Bóveda se oficiaban ritos secretos. Lugo es hija del agua, así que no se ve por qué la guerra baña la política, o la política contamina el agua.

Digo yo que el agua debería usarse para lavar los excesos políticos. Cuando el agua se politiza estamos jodidos. Ya se tiene bastante cuando se cabrea en torrentes o inunda las planicies de la Chaira ese océano ecológico de Lugo.

Propongo que los políticos saquen jarras de buen vino durante las fiestas de Carnaval, sin echar agua al vino. La política que espere a la puerta, mientras descubren de donde coño viene lo turbio. Ya lo dice la canción: «Agua que no has de beber, déjala correr. Déjala, déjalaaa?».