Las dificultades de ser atleta

M. Pichel

LUGO

El malestar es creciente entre los deportistas lucenses por el uso que reciben las instalaciones del estadio Pérez Rivera

15 feb 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

«Los atletas lo tienen fácil. Los pones a dar vueltas a una pista y ya les vale; si no, al parque a correr». Aquellos que practican el más añejo de los deportes se han acostumbrado a escuchar comentarios de este tipo, que si bien pueden, hasta cierto punto, resultar válidos para fondistas y mediofondistas, provocan el sonrojo de velocistas, saltadores y lanzadores.

Estos tres componen el grupo de hermanos pobres de un deporte que languidece, pese a los miles de aficionados que se calzan las zapatillas en las Corre con Nós, o en las populares que salpican nuestra geografía. Un deporte desconocido, aunque constituye la base de los Juegos Olímpicos, los antiguos y los de la era moderna. Pero, ¿por qué hermanos pobres? ¿Por qué tan pocos los practican?

Escasos y osados, que se saltan las trabas y el desconocimiento general para conseguir resultados casi increíbles en virtud de las facilidades que reciben. A veces parece inexplicable cómo surgen de forma espontánea grandes campeones. ¿Cómo es posible que con apenas un par de barras olímpicas, pesas desvencijadas y con holguras, espejos de cosecha propia, un patatal por campo, Lugo cuente con todo un subcampeón absoluto de España de jabalina (José Manuel Vila) o una campeona en disco (Mercedes de Santaló)?

Adentrarse al gimnasio del estadio Gregorio Pérez Rivera, con sus carteles de prohibido realizar multilanzamientos, invita a pensar cómo Vila, por el que en otros lados se pelearían, no coge sus bártulos y emigra hacia tierras de promisión y facilidad. ¿Cuántas horas de repeticiones hasta la extenuación para alcanzar la perfección técnica, de saltos, de pesas, de estiramientos y abdominales hay que gastar para llegar a lo más alto? ¿Cómo se cuantifica un esfuerzo cuya mayor recompensa es la satisfacción personal? Se cuentan con los dedos de un muñón los lanzadores que se han hecho ricos. «Es lo que tenemos», se resigna Vila, cansado de pegarse contra muros.

Bicicletas no, gracias

Cuando se cree que el atletismo es sólo correr, no extraña que sorprenda contemplar a un velocista arrastrar un trineo por el medio de la pista, o gritos de «¡eso no!» al ver series de velocidad resistida. Claro que nunca por las calles interiores, guardadas para las competiciones en el estadio lugués, mientras «crían verdín», a la vista de cualquiera que por allí se acerque. «¡Como si fuera lo mismo hacer una serie en curva por la calle ocho que por la uno!», ríe entre dientes un esprínter. O para un mediofondista tomar sus tiempos de referencia por la cuerda, no por la más externa de las calles.

¿Es imaginable que a Kenenisa Bekele, plusmarquista mundial de 10.000 metros, se le prohíba realizar un test fundamental en el tartán porque su entrenador deba ir a su lado en bicicleta? ¿Que la colchoneta en la que salta el campeón olímpico de pértiga se estropee por una inadecuada protección? ¿O que por culpa de un cable no haya foto finish?

Lo cierto es que hay un malestar que se empieza a generalizar entre atletas y entrenadores lucenses, que sólo piden «consenso» a la hora de elaborar normas que les ayuden a realizar sus actividades habituales, las mismas que han forjado a tantos campeones.