El tráfico no es un problema, es un vicio. El personal compra el coche para disfrutarlo no para que te jodan a multas. Hay una guerra de guerrillas entre el peatón y los guardias. Tú dejas un segundo el utilitario en la acera para recoger a tu mujer, o el paquete de la tienda, o saludar a un amigo que te hace señas, y viene el del talonario y te aplica el código, la ordenanza o los santos evangelios.
En el magro sueldo hay que dejar un apartado para las multas de tráfico y los puntos del carné.
La primera causa de que te pongas de los nervios es el aparcamiento. Lugo no es una excepción. Por eso no es extraño que estos días, o siempre, se hable de solucionar la indisciplina en el uso del coche. A mi me parece que los expertos, antes de aventurarse en planes faraónicos de regulación, deberían conocer la realidad social.
El problema no está sólo en la anarquía de aparcamientos sino en la educación vial. Uno de los problemas más graves es empinar el codo. No hay día que las crónicas de sucesos no difundan como odiosos temerarios causan accidentes y daños irreparables por llevar encima unas copas de más. El alcohol es nuestra perdición, nuestra gula social, nuestra indisciplina.
Nunca se es demasiado rica ni se está demasiado delgada, dicen que dijo Coco Chanel, y lo mismo se puede decir de los que convierten el volante en un bar de copas. Nunca se está demasiado sobrio.
Estos son los verdaderos asesinos, los auténticos depredadores del asfalto. No los sufridos usuarios que usan el coche como servicio, aunque sea para presumir ante los vecinos del tercero de que se han comprado un todo terreno.
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