Tanto la hora de levantarse como la de acostarse dependen de la gente que acuda a la noria, factor que también determina los ingresos de los empleados de la atracción
07 oct 2009 . Actualizado a las 02:00 h.«Fatal». Ese es el resumen, tajante, que hace el feriante Jorge Amaral de su primer San Froilán. Él, portugués de Oporto, es el encargado de la noria y después de estos primeros días de fiesta, ha llegado a la conclusión de que esta atracción, en Lugo, no gusta. «La gente no se monta», dice encogiéndose de hombros y sacando del maletero varias bolsas del supermercado al mismo tiempo.
En su caso, el destino de los yogures (que no eran marca blanca), las cajas de leche, las conservas y el resto de los productos de la compra tenían como destino inmediato una cocina de mínimas dimensiones, pero integrada en la propia atracción. «No, para nosotros es muy cómodo, porque en la caseta tenemos las camas, la ducha, una pequeña cocina...» explicaba el encargado señalando la parte trasera de la noria, donde también se veían varios pares de pantalones vaqueros tendidos en cuerdas y para su desgracia, no al sol.
Este feriante portugués ha recalado en las fiestas de la capital por casualidad, ya que la noria a Lugo siempre la traía su «compañero». Este año estaba malo, no pudo venir, y lo hizo Amaral en su lugar. En un principio creyó que el relevo sería muy productivo, pero ahora tiene serias dudas y espera que su primera impresión cambie el próximo fin de semana. «Me gustaría que toda esta lluvia deje de caer porque ya vamos por la mitad y... muy mal», repite una y otra vez con gesto cansado.
Como prueba, señala que uno de los días «buenos» de las fiestas, el de San Froilán, empezó y acabó con un balance más que negativo. Corrobora sus palabras diciendo que «ayer [por el lunes] cerramos a las 20.30 horas. ¿Le parece normal, en un día de fiesta? No había nadie, así que tuvimos que cerrar y apagar todo».
Durmiendo a medianoche
Lo normal, si San Froilán no hubiera caído en lunes, si no hubiera llovido y si no hubiera crisis, lo normal, insiste, habría sido cerrar a medianoche. Pero el lunes, a esa hora, Amaral ya estaba durmiendo.
La ventaja de esta situación es que ayer pudieron madrugar más de lo habitual, hacer la compra a media mañana y poner a punto la noria para abrir entre las 17.00 y las 17.30 horas. La apertura es una de las pocas acciones del día de un feriante que siempre se hace a la misma hora, porque todo lo demás depende de la gente. Si hay mucha actividad, se cerrará más tarde (sobre las 02.00 horas) y, como es lógico, también madrugarán menos al día siguiente. De esa manera, el mantenimiento rutinario de la noria y la comida también se retrasarán. Pero la hora de apertura, nunca. «Si no, no hacemos caja» dice señalando que tiene algo de miedo al momento de hacer la cuenta, porque «si no hay ganancias, tampoco va a haber para repartir entre nosotros».