De la gloria a la impotencia

Marcos Pichel

LUGO

El Pazo Universitario se vistió con la mejor entrada de la temporada, entregado el público a una noche que se presumía de éxito pero acabó con demasiado sufrimiento

20 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

¡Hala Breogán!, ¡Breogán, Breogán! El sabor de las ocasiones imperdibles sazonaba las gradas. Los minutos previos al vuelo del balón, las escaleras del Pazo semejaban riadas de colores: el azul, de las categorías inferiores del Azkar y el Estudiantes, del Emevé; el rojo, de las del Lugo, el naranja del Lumieira, el amarillo del Baloncesto Sarria; el multicolor del público que no quería perderse el que todos esperaban fuera, en positivo, el último partido del Breogán en su casa. Comunión de los equipos de la ciudad con el baloncesto.

Se presagiaba el mejor ambiente del curso, la caldera lucense, cerca del lleno para llevar en el aire a los suyos camino de la final a cuatro de Fuenlabrada. Incluso con el partido en marcha llegaba gente para trocar los tonos anteriores en el celeste breoganista. La mejor entrada de la campaña en el momento más necesario.

En los prolegómenos, Moncho Fernández, solitario en su silla, observando el calentamiento de su equipo. En la presentación, llegaría lo que se ha convertido en habitual para él, la pitada de un sector, ayer pequeños, cuando por la megafonía suena su nombre. Por contra, Valdeolmillos, el hombre llamado a conducir al Leche Río por el camino del retorno a la ACB, buscaba la comunicación con los suyos, hablaba, intercambiaba opiniones, con sus ayudantes. Se acercaba hasta la banda para charlar un rato con Ordín.

¡Hala Breogán!, ¡Breogán, Breogán! Se gritaba cada vez que Pecile enchufaba un triple. El momento más emotivo no lo provocaría el baloncesto, sino el voleibol. Si antes del inicio se cortaba el silencio con el recuerdo a Patricia Xavier, a las niñas del Emevé fallecidas en accidente de tráfico, en el descanso, un pasillo de niños de todos los clubes presentes en el partido arropó a las infantiles, recién proclamadas campeonas de España.

El público vibraba, disfrutaba, hacía la ola, pero tanta entrega no tendría premio. Sufriría hasta el final, el equipo no le correspondería, y pagaría su impotencia con Moncho Fernández, al que reprochó que, con el partido ya ganado para los suyos, a falta de 15 segundos pidiera un tiempo muerto.