«Cuando comencé a correr preparaba los motores y llegué a hacer mis coches»

Benigno Lázare

LUGO

Fue el rey de la subida a Vilardón y con su 4-4 le ganó a las llamativas barquetas o llegaba por detrás de los Porsche

09 feb 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Hace unos 40 años, Piño Trigo iba a trabajar en un Renault-10 de color amarillo con doble tubo de escape, las ruedas un poco más anchas y las de atrás espatarradas. Los días laborables dormía en la calle (el coche), a la puerta de su casa, y los fines de semana ganaba trofeos en los ralis. Posteriormente pasó a un R-8, que también siguió utilizando como vehículo de trabajo y con la calle como garaje. Pero la nota la dio cuando un buen día apareció en la carrera de A Zapateira con un Renault 4-4, pequeño utilitario que ya por entonces era más adecuado para un museo que para viajar. «El primer rali que corrí con él jugué con la ventaja de que todo el público se puso de mi parte porque parecía que llevaba el coche más débil y pobre», dice Pe-Piño Trigo. El público ignoraba que del 4-4 sólo conservaba la carrocería, porque debajo llevaba un potente motor que transportó los 500 kilos que pesaba a la suficiente velocidad para clasificarse en décimo lugar en una prueba con 60 coches. Lo peor eran los frenos

Tras diez años corriendo, incluso en el Jarama, tras acumular 200 trofeos y tras un paulatino desenganche de las carreras con una etapa de organizador y de juez de pruebas, acabó convirtiéndose en un importante empresario. Tiene la concesión de varias marcas de automóviles con más de 80 empleados en cinco centros de trabajo repartidos por las provincias de Lugo, Pontevedra y A Coruña.

«Corrí en ralis en la época de Reverter, Ruiz Giménez, Beny Fernández, Santiago Salido y de Carlos Arrojo, que eran pilotos muy buenos». Comenzó a competir en 1965 y cuando lo dejó, sobre el 75, fue vicepresidente y miembro fundador de la Escudería Miño. No fue el típico piloto que se inició como aprendiz en un taller, pero desde niño anduvo entre pistones, juntas de culata y latas de combustible porque su padre tenía una empresa de camiones y de autocares.

Todavía era un estudiante, cuando tenía 15 años ya reparaba las averías. «Cuando comencé a correr preparaba yo los motores y llegué a hacer mis coches», recuerda ahora Trigo. Era y sigue siendo amigo de Luis Abelleira y de Genaro Saavedra, los tres pilotos de ralis y profesionales del sector del automóvil. Con Abelleira formó una especie de tándem como Alonso con Hamilton, pero con una gran diferencia: además de la amistad, había una gran colaboración y no se hacían putadas. En el taller de la familia de Luis preparaban los coches, de modo y manera que cuando uno sacaba un R-8, el otro también, y ambos aparecieron a la vez con los 4-4, como si saliesen de la misma cadena de montaje. Sin embargo, cada uno lo trucaba y le ponía lo que más se le adaptaba.

En aquella época no había motores de fábrica ya preparados para correr y tenían que hacerlo ellos todo. «Desmontábamos un motor normal y le aligerábamos los pistones y las bielas, preparábamos la culata y contrapesábamos el equilibrado utilizando una balanza de precisión de joyeros».

El resultado era que los 65 caballos de un R-8 crecían hasta los 90. «Después hice un motor con el bloque de un R-8 mecanizado, con camisas de un Seat 1500, pistones Perkins y con una culata también preparada, con lo que consequí una potencia de hasta 120 caballos». En la última etapa del 4-4 ya montó un motor preparado por Juncosa, con 170 caballos. Hoy cualquier chaval aficionado al cotarro se desternillaría, pero para la época era mucha potencia y toda conseguida por méritos propios.