Toponimias

JOSÉ RAMÓN ÓNEGA

LUGO

LA TRIBUNA | O |

22 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

VARIOS concellos del sur de la provincia, entre ellos Sarria, están recogiendo nombres de lugar dentro del proyecto Toponimia de Galicia. Es una labor digna de encomio que debieran propiciar todos los municipios por Real decreto, es decir, obligatoriamente. La toponimia antigua se nos va, sobre todo la menor, la de los pequeños lugares, propiedades o parajes retirados. Disfruto con los nombres antiguos de tierras y predios, que generalmente son descriptivos del paisaje, de la existencia de cultivos ya olvidados o de la situación jurídica que un día tuvieron. Una escritura de siglos es una vuelta al pasado, es encontrar la memoria del tiempo. Cientos de miles ya han desaparecido o acaso duermen el sueño olvidado de los viejos protocolos notariales o descansan, polvorientos y apolillados, en los desvanes húmedos de las casas de labranza. Me confiaba un paisano que su abuela envolvía los huevos de gallina en pergaminos de letra ininteligible para venderlos en la feria, porque además de que nadie los entendía, eran más fuertes que el papel normal. Los topónimos son, por eso, la memoria de los pueblos, la historia de los hombres pero tienen también su gracia y su misterio. El gran maestro Ánxel Fole me confió una noche de tertulia: «Mira, neno, a toponimia é unha coña. Acabo de vir dunha aldea que se chama Vilanova das Peras. Pois dígoche que nin é vila, nin é nova, nin ten peras. ¿Onde carallo ven ise nome?». La Comisión de Toponimia de la Xunta tiene tajo. La recogida de nombres de lugar es prioritaria y urgente. En esta labor deberían colaborar los colegios de enseñanza rurales, encargando a los niños que faciliten datos sobre la microtoponimia de sus fincas familiares, aldeas y parroquias. ¡Cuánta luz pueden aportar sobre el pasado! Después, están las demás fuentes como, por ejemplo, los archivos eclesiásticos.