No llevaba un año en el poder, cuando la UCD comenzaba a dar signos de resquebrajamiento, ya que su comisión ejecutiva había presentado la dimisión al presidente Adolfo Suárez. Cierto que no era un partido clásico al uso, sino una coalición, pero no menos cierto que el ejercicio del poder debía servir de pegamento para unir a los discrepantes. Sin embargo, la UCD tenía en su seno «dinamitadores», o «termitas», de la categoría de Francisco Fernández Ordóñez, Miguel Herrero de Miñón, Óscar Alzaga, Ricardo de la Cierva o José Pérez Llorca. Si a ello unimos la efervescencia social y política de estos primeros años de la transición, el cóctel estaba servido. La UCD no tenía militantes propiamente dichos, como el PSOE, el PCE o AP. Había algunos de esos supuestos partidos, como el de Fernández Ordóñez, cuyos militantes cabían en un microbús. Esto se puso de manifiesto cuando, antes de celebrarse las elecciones del 15-6-77, Calvo Sotelo pidió al partido una lista de afiliados y simpatizantes para poder actuar como apoderados e interventores, no pudiéndosele dar más que unos pocos. Suárez, mientras, ponía buena cara al mal tiempo.