Acorralados

LEMOS

Cada día es más nítida la imagen de un Zapatero acorralado, aprisionado entre la espada de quienes tienen la sartén europea y del dinero por el mango y la pared de sus propias afirmaciones anteriores sobre la dimensión de la crisis y la línea de las medidas para afrontarla. Aparece, además, ante los ciudadanos que tendrán que soportar sus recortes, agarrado una vez más al clavo ardiente de la improvisación, que lo lleva a presentar un día el duro ajuste con toda solemnidad, a matizar después el alcance de la congelación de las pensiones y anunciar un poco más tarde un etéreo aumento de impuestos para los más ricos, cuyos plazos y alcance no parecen conocer ni los miembros de su Gobierno.

El único alivio parece llegarle desde Valencia, donde un cada día más acorralado Francisco Camps le ofrece un inestimable balón de oxígeno al tratar de ver su mano tras la decisión del Supremo de reabrir la investigación por supuesto cohecho y afirmar ahora que sus abogados tienen todos los tiques de los polémicos trajes del elegante presidente, que se habían resistido a aparecer antes.

Y Rajoy, a su vez, parece empeñado en acorralarse él mismo con su entusiasta apoyo de hace unos días a la candidatura del presidente valenciano, y una posición sobre las estrecheces económicas que nos afectan en la que se sigue echando de menos el sentido de Estado que parece que dejó de estar de moda en el PP desde que Fraga pasó a un segundo plano.

En medio del maremágnum, cada vez más ciudadanos de a pie se sienten a su vez acorralados entre una crisis de final cada día más lejano, un Gobierno que carece del empuje que exigiría liderar un plan verdadero y conjunto para afrontarla, y una oposición aferrada a la rentabilidad electoral a corto plazo, incapaces ambos de diseñar, ni juntos ni por separado, la alternativa necesaria para restaurar la confianza perdida.