Así como la tolerancia institucional permite obras que atascan las aceras, el déficit tecnológico frena el avance de la provincia
21 feb 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Lugo, provincia peculiar, hace de sus cascos urbanos una interminable pista de pruebas para la habilidad de los peatones. Acogidas a la indiferencia de los munícipes, las obras públicas y particulares ocupan las aceras y condenan a los caminantes a compartir con los coches, en batalla desigual, el territorio comanche que es la calzada. Lo mismo da la capital que la más pequeña de las villas lucenses. En todas hay aceras obstruidas por vallas, que un día florecen sobre el pavimento bajo la nariz edilicia, y allí siguen durante días o semanas, a veces meses. La acera cerrada al paso del peatón es una metáfora del modo más extendido de entender la política en Lugo, siempre minifundista, cortoplacista y, como la valla en la acera, amenazada por el óxido de los días. Así como la obra entorpecedora obliga al peatón al riesgo de la calzada, la política que la permite deja al lucense en la cuneta de las estadísticas.
Ocurre en los núcleos urbanos que disfrutan de más y mejores servicios. Cómo no va a ocurrir allí donde no hay Policía Local o sólo está formada por un par de agentes; allí donde la brigada de obras se resume en un dúo de operarios y el cuerpo técnico municipal se corresponde con el que Dios le dio al aparejador del Concello. Cómo no va a ocurrir en cualquier localidad lucense si en la capital las obras en las aceras se desarrollan con frecuencia según el libre albedrío de quienes las promueven. Y eso que hay unos 160 policías locales, un equipo de ingenieros, otro de arquitectos, aparejadores varios, inspectores diversos y así y más hasta sumar setecientos funcionarios municipales.
Casi frente a las instalaciones de la Policía Autonómica y a pocos metros del INSS, en una de las calles con más tráfico rodado (Ronda de Fingoi), una obra sin identificar atasca desde hace más de una semana una de las aceras. No hay paso alternativo para los peatones. Y ahí sigue; al menos seguía hasta ayer. Se ve que el concejal José Rábade tiene a otra cosa a la Policía Local que dirige; el alcalde, José López Orozco , otra vez de viaje allende los mares, tampoco la vio; los ingenieros, arquitectos y aparejadores municipales frecuentan, tal vez, otras zonas de la ciudad. Claro que tampoco los concejales populares que encabeza Jaime Castiñeira ni los nacionalistas de Lage han visto la obrita.
La acera atascada de la Ronda de Fingoi en la capital es sólo un ejemplo. Las obras son inevitables; necesarias. Los gobiernos locales y los funcionarios que pagan los contribuyentes tienen la obligación de velar porque se hagan de acuerdo con las normas y con arreglo a la seguridad del tráfico peatonal y rodado. ¿Y si se produce un atropello?
Las obras que atascan las aceras, que dejan al peatón sin pasos alternativos, son, ya se dijo, una metáfora de la política lucense, más propensa a la estrategia de sembrar de obstáculos la pista del rival que a abrir caminos por los que transitar hacia el futuro. Si no fuera así, el 45,6% de la provincia no carecería a estas alturas de acceso a Internet de alta velocidad y el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijoo , tendría otros planes que anunciar en Lugo.
Los proyectos de hoy son el fruto de los no trazados y ejecutados por otros gobiernos gallegos, también del PP, salvo el breve paréntesis en el que socialistas y nacionalistas creyeron llegado su momento. Y así están las cosas: un gran número de casas consistoriales no disponen de Internet de alta velocidad. Donde la hay, como es el caso de la capital, la administración electrónica es aún un deseo, un proyecto, un anhelo. La concejala Luisa Zarzuela (responsable municipal en Lugo de nuevas tecnologías) y el alcalde de Monforte, Severino Rodríguez , están en una situación parecida. A los dos les falta hacer algunos ajustes para conseguir sus objetivos: al monfortino, el parque comarcal de bomberos; a la edila lucense, la administración digital. Lo malo es que monfortinos y lucenses llevan largo tiempo esperando lo que no acaba de llegar. Claro que Zarzuela y Rodríguez saben, porque ya lo dijo Wilde, que «sólo hay una cosa en el mundo peor que estar en boca de los demás y es no estar en boca de nadie».
Ahora que ya asoman las urnas en el horizonte municipal, el aviso del inglés cobra especial importancia. Y hay quien busca rivales de altura para «estar en boca de los demás» y asegurarse un puesto en la lista. Dicen que cuando el ingeniero y ex alcalde Tomás Notario oyó al edil Piñeiro (encargado de las obras, en las aceras y de las otras) responsabilizarlo de la rotura de las tuberías de agua, también citó a Wilde: «Perdona a tu rival, porque nada le enfurece más».