La historia de los ladrones y las «zocas» viajeras de Guitiriz

X. Francos

LEMOS

Devuelven a un «zoqueiro» guitiricense parte de la mercancía que le habían robado en su taller. El afectado dice que recompensará a quien le dé pistas de lo que le falta

19 ago 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

En Guitiriz parece que hay unas «zocas viaxeiras» que, como dice la canción, «por cousa de encantamento van polo aire e ven polo vento». Al «zoqueiro» local, Abel Losada, los ladrones le llevaron hace unos días de su taller gran cantidad de material, entre el que figuraban muchos pares de zuecas de diversos números que tenía preparados para su comercialización. Sin embargo, no se sabe si por «encantamento» o por la bondad de los ladrones, parte del tradicional calzado de madera le fue devuelto. El hallazgo le produjo a Abel Losada un doble sentimiento: alegría (porque como dice el refrán, de lo perdido algo recogido) y tristeza porque las zuecas más valiosas y otras piezas que consideraba interesantes están en paradero desconocido.

Abel Losada, un conocido artesano guitiricense, está tan interesado en recuperar lo que le robaron que se muestra dispuesto a recompensar a quien le ofrezca alguna pista de quiénes pudieron haber sido los ladrones o bien donde se encuentra lo que le falta, aunque ahora esto último puede ser como buscar una aguja en un pajar. Cabe la posibilidad de que todo lo robado hubiese sido comercializado en algún mercadillo o vendido a terceras personas.

El robo en el taller del artesano se produjo en la noche del 6 al 7 de agosto y, días después, lo denunció en el cuartel de la Guardia Civil. Pues bien, hace un par de días, Losada se llevó una sorpresa, encontró parte de lo que le robaron a la entrada de una finca suya.

Los ladrones le hurtaron 72 pares de zuecas de todos los estilos y tallas, desde el número 10 hasta una del 64 que jamás encontrará un pie, salvo que sea el de una meiga. Aprovecharon también la ocasión y se apoderaron de bastones que Abel Losada preparaba, concretamente cerca de un centenar, la mayoría con una zueca en su base.

La pasión del artesano son las zuecas porque en su taller también tenía unos trescientos llaveros con la forma de este calzado. A los ladrones también les llamaron la atención y se los llevaron. Todo puede valer a la hora de ponerlo a la venta en cualquier mercadillo.

En su momento, el «zoqueiro» de Guitiriz valoró lo robado en unos diez mil euros, aunque considera que es más el valor sentimental por el tiempo que invirtió en la preparación y, sobre todo, porque eran piezas únicas hechas a mano. Entre algunos de los ejemplares que le robaron y no le devolvieron figura uno de zuecas gigantes que hizo hace más de veinte años y que eran la atracción del taller.

En paquetes tirados

Cuando días pasados se encontró con los paquetes tirados a la entrada de una de sus fincas, comprobó que uno de ellos contenía unos cuarenta pares de zuecas, pero no estaban ni las grandes, ni tampoco las que él consideraba más valiosas. Le sorprendió ver también otro paquete, en el que había un buen número de bastones, pero también en este caso no estaban los que le producían mayores sentimientos.

Losada no tiene explicaciones para el robo, ni mucho menos, para la devolución de los artículos. Ayer estaba intentando elaborar una lista para hacer pública y que la gente se entere de lo que le falta, por si alguien lo ve en algún lugar y pueda darle un toque. Quien le dé algún soplo puede ser recompensado.

Losada dice que reconocería sus trabajos hasta con los ojos cerrados. La mayoría de las piezas que le llevaron tienen diversas inscripciones como, por ejemplo, recuerdo de Guitiriz o artesanía de Galicia».

Los ladrones no le devolvieron dos planchas de carbón antiguas, un trabuco y un tonel de vino que tenía como si fuera en una exposición. Le llamó la atención que no se apoderaran de las herramientas que tenía y que dejaran un bote que contenía monedas.

No es la primera vez que le roban. Los ladrones visitaron su taller hace 25 años. Si lo hacen cada cuarto de siglo aún tiene suerte. A otros llegan a robarles hasta tres o cuatro veces en un año.