El ourolense disfrutó de las placas solares instaladas por Industria poco más de dos meses. La enfermedad le obligó a mudarse a Ribadeo, donde vive con su sobrina
11 ene 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Poco tiempo ha podido disfrutar de su nueva vida, con suministro eléctrico en casa, Manuel Chao. Este vecino del lugar de Candedo, en el municipio de Ourol, se hizo popular cuando trascendió que iba a casa de unos vecinos a ver el programa de Os Tonechos, porque no tenía luz y por tanto tampoco televisión. El famoso dúo se apresuró en regalarle un generador eléctrico, que apenas llegó a utilizar debido al alto precio del combustible.
Después aparecieron los técnicos de la Consellería de Innovación e Industria, dispuestos a instalar placas solares para que Chao saliera de las tinieblas en que vivió. Desde la primera visita hasta que se montaron los paneles transcurrieron unos dos años. Y, después de 76 años sin electricidad, a mediados del mes de agosto del año pasado se hizo la luz en la modesta vivienda donde residía este hombre, arrendada ya por sus padres y por la que abonada un alquiler de nueve euros al mes.
El televisor empezó a funcionar y la bombilla de bajo consumo iluminaba la estancia. Manuel estaba contento y ya pensaba en comprar una pequeña nevera y no descartaba contratar una línea de teléfono fijo, pues con los móviles no acababa de entenderse. Lo que entonces no sabía este anciano, que dedicó su vida al trabajo en el campo (salvo un año, cuando estuvo contratado por la empresa Dragados para ejecutar las obras de la carretera que va de A Gañidoira a Viveiro), era que no tardaría ni siquiera tres meses en verse obligado a abandonar el domicilio de Candedo.
La EPOC y el oxígeno
El médico le diagnosticó EPOC, enfermedad pulmonar obstructiva crónica, un proceso que avanza lentamente y que se caracteriza por la dificultad para respirar. El 90% de quienes padecen este mal han sido fumadores. Es el caso de Manuel, que desde octubre vive enganchado a una botella de oxígeno durante dieciséis horas al día. Las placas solares no tienen capacidad suficiente para abastecer la máquina y la alternativa de las bombonas tampoco resultó viable en Candedo, por su elevado peso y la dificultad de acceso a la casa (por un prado, a través de un estrecho y empinado sendero).
Hasta entonces se había resistido a dejar el hogar que compartió con su hermana, quien falleció hace unos 15 años, pese a las infrahumanas condiciones del habitáculo, que compartía con sus caballos, amigos, que le seguían a todas partes. Pero no tuvo más remedio que claudicar. Desde el mes de octubre Manuel Chao vive en Ribadeo, a unos dos kilómetros del casco urbano, junto a su sobrina y el marido de ésta. El proceso de adaptación no ha sido para nada sencillo, aunque ayer mismo por la tarde salió a pasear con un amigo, un vecino con el que ya ha hecho trato, tras unos días de cama por la gripe.
Manuel vendió las yeguas, entregó las llaves al arrendador y se despidió de sus vecinos de Penabade -«que son moi amigos», recalcó- donde solía desplazarse para ver la televisión, en ocasiones en el furgón de reparto del pan. Los animales continúan allí, en el pasto que rodea la construcción. Y se acercan a los recién llegados como si, en el fondo, tuvieran la esperanza de que Manuel regrese. Hace unas semanas pasó por allí Roberto Vilar, uno de los integrantes de Os Tonechos. A él también le sorprendió la ausencia de Chao, un hombre sociable y conversador que sobrellevó durante años la soledad y el frío. Y el dolor de huesos, del que tanto se quejaba en agosto.
«Vou andando, regular»
Aunque está contento y agradecido a los familiares que le acogen Manuel echa en falta a sus vecinos de siempre. «Vou por aí pasear e encontro a algunha persona de idade, pero para falar con xente coma por aló non é, aquí están todos traballando...», contaba ayer, por teléfono, desde su nueva residencia. «¡Coma xente de aló...!», repetía. Poco a poco se va acostumbrando: «Si, bueno, vou andando, vou andando, regular. E agora coa gripe estouche moi fastidiado, moito, moito».
En Mosende, en Penabade y en Xoán Blanco todo el mundo (un puñado de vecinos) sabe que Manuel se ha marchado a Ribadeo. Y todos se interesan por su estado de salud. Mientras, alrededor de la casa de Candedo merodean los caballos y el eco de la voz alegre de Manuel.