Una pareja mal avenida anuló su boda porque ella tiró las invitaciones por la ventanilla de un coche en la A-6

X. C.

LEMOS

Si algo quedó claro en el juicio celebrado ayer en Lugo contra C.G.C, acusado de varios delitos relacionados con la convivencia con su compañera, es que se trataba de una pareja mal avenida. El imputado se enfrenta a una petición por parte del fiscal de unos diez años de prisión. La convivencia entre ambos jóvenes, residentes en Sarria, fue muy dificultosa y ya comenzó con la anulación de la boda pocos días antes de la fecha anunciada. Este incidente, sin embargo, no fue óbice para que poco tiempo después la pareja volviera a normalizar sus relaciones.

Según C.G., la iniciativa de no pasar por el altar la adoptó el mismo después de comprobar con asombro como su compañera optó por tirar por la ventanilla del coche, cuando circulaban por la A-6, las invitaciones correspondientes a la familia de él. «Quería que organizara el viaje de novios porque sino decía que no se casaba», contó el imputado.

Ella negó que hubiese tirado las invitaciones por la ventanilla, aunque recordó que él se puso a recogerlas llorando por el arcén de la autovía. Dijo que ni tan siquiera fue a avisarla de que no se casaba sino que mandó a sus padres para insultarla. «Su padre me dijo que yo no le gustaba por la manera que tenía de vestir», recordó.

Aún no habiendo boda, pasado el tiempo la pareja, con un hijo común, retomó las relaciones. El principal incidente que llevó al banquillo a C.G.C. supuestamente ocurrió el 7 de febrero del año 2004 cuando éste, según el fiscal, le pegó un tortazo que hizo que ella cayera sobre un coche y se fracturase los huesos de la nariz.

No hubo más agresiones, según él y esa pasó debido «a la desesperación que estaba viviendo». Añadió además: «Estaba nervioso y perdí los papeles. No pretendía hacerle ningún tipo de daño». Esa agresión, dijo, se produjo porque habían discutido en su momento y ella no solo se quedó con las llaves de la casa sino con su coche que guardó en el garaje. Por eso, se quedó sin poder ir a ningún lado.

«Jamás tuve una reacción de darle un tortazo, a pesar de que ella se abalanzaba sobre mí con violencia verbal e impulsiva», dijo el acusado quien recordó que ella era la que «imponía su voluntad» hasta el extremo de impedirle mantener contacto con sus propios padres.

C.G. la acusó, incluso, de darle una patada, cuando estaba hospitalizado tras una operación de apendicitis, en la propia herida. El acusado relató como ella le cerraba en ocasiones la puerta para que no fuese a trabajar, como había perdido a una de sus mejores clientas porque la mujer la llamó amenazante o como pasó parte de una noche llamando a todos los restaurantes de Lugo para averiguar en cual se celebraba una cena de trabajo del imputado. Cuando lo averiguó, cogió el coche y se presentó en el restaurante para sacar del interior del comedor al imputado.