LA TRIBUNA | O |
11 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.AUNQUE como chantadino no alcanzo a estar horrorizado, sí me percato de que cualquier día de estos despertaré por la mañana y el Estatut de Catalunya habrá acabado con todo aquello que me es familiar: España, Endesa, Cajamadrid, los embalses... y eso si no nos aboca a otra guerra civil. Sé que los siempre atinados señores Fraga y Jiménez Losantos vienen avisando de este Apocalipsis que se nos echa encima, pero aún no tengo tiempo de preocuparme. Yo, en mi ingenuidad, me escandalizo por cosas triviales y alejadas de la realidad, como por ejemplo el precio de la gasolina, la imposibilidad de cambiar de compañía telefónica sin que me estafen y me acosen, la carestía de la vivienda, las horas que tarda el tren que va a Madrid, la emigración de las personas de mi generación... asuntos, en fin, totalmente vanos en comparación con el Estatut y sus perversas consecuencias. Y profundizando más en mi ignorancia y en mi despreocupación, me dedico a pensar cuál es el Estatuto por el que se rigen las grandes empresas telefónicas, energéticas e inmobiliarias en España. Pienso en cuál es ese Estatuto que les permite ignorar los preceptos de solidaridad, libertad individual, respeto por las instituciones y tantas otras cosas a las que sí se obliga a las comunidades autónomas. Vaya, que comparando el Estatut con las prebendas de las que disfrutan esas empresas, uno se aceurda de aquel feligrés vasco que dijo en misa: «Padre, si hay que ir al infierno, se va... pero no nos acojone».