LA TRIBUNA | O |
15 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.LOS APLAZAMIENTOS, las liortas entre políticos y la importancia de las cuestiones a tratar, dieron a la reunión de los presidentes del Gobierno central y de la Xunta una extraordinaria expectación. Entre esas cuestiones está, ineludiblemente, el Plan Galicia, calificado desde su presentación con los términos más contradictorios, desde «humo de pajas» hasta «la programación más importante de la historia». Es cierto que la ministra de Fomento no ha mostrado ni la diplomacia gallega ni la gracia andaluza en sus manifestaciones; pero es igualmente cierto que el Plan Galicia necesita una definición clara en contenido, dotación presupuestaria, acotación temporal y liberarlo de obras programadas con anterioridad: eje atlántico, AVE Ourense-Santiago, tramo Ourense-Lugo, etcétera. De todos modos, me quedo con la esperanzadora promesa de la viceministra del Gobierno de que no sólo será una realidad, sino que se mejorará. El Plan Galicia surge como respuesta a la catástrofe del Prestige, con una repercusión mayor en la costa que en el interior. Sin embargo, su formulación y la inclusión de determinadas infraestructuras hacen de él un programa propio de una reordenación del territorio, satisfacción de la deuda histórica y amortiguación del deterioro económico y social entre la Galicia rural y la atlántica. Este carácter de reequilibrio general le da el sentido más profundo al plan, reclama la mayor atención de los dos dignatarios y exige futuros comentarios más concretos.