Jordi Cicely tiene TOC: «Hacía tres o cuatro horas de rituales al día; si no cumplía, me levantaba nervioso»
SALUD MENTAL
Es autor de una novela cuyo protagonista también sufre este trastorno obsesivo compulsivo, con el que convive desde hace años
15 mar 2026 . Actualizado a las 15:58 h.El protagonista de El verano que volvió Sherezade, la segunda novela de Jordi Cicely (Lugo, 1978), tiene trastorno obsesivo compulsivo (TOC). Una realidad que el autor conoce de primera mano. «Un tema que está ahora muy en boga, pero los que lo padecemos desde hace años lo tuvimos que sufrir en silencio por vergüenza e incomprensión», confiesa. Desde un primer momento tenía claro que no quería que fuese un libro de autoayuda, pero sí que el lector se llegase a identificar con él. «Porque sé que hay mucha gente que también lo padece en silencio», añade. Aunque en su relato, Jairo —así se llama el personaje— habla sobre su trastorno y es consciente de que lo tiene desde las primeras páginas del libro, Jordi no corrió la misma suerte. Un «infierno» que dice haber superado y sobre el que quiere divulgar actualmente.
Rituales y obsesiones
Los términos «obsesión» y «ritual» se mencionan con asiduidad en la novela. Dos palabras que Jordi ayuda a encuadrar dentro de lo que significa el TOC. «Todos tenemos manías, eso indudablemente. Puede ser que te guste ponerte tenis rojos con pantalones azules, por ejemplo. Pero cuando haces eso para que mañana las cosas salgan bien porque tienes una cita, entrevista u oposición, eso ya es una obsesión», detalla. A la hora de hablar de rituales, estos pueden ser la manera de detener esos pensamientos obsesivos, una forma de «asegurarse» de que no ocurra algo malo. «Son tan cansinos... cuesta mucho hacerlos y son absurdos porque todo está en tu mente», lamenta. «Por ejemplo, ducharse siempre de la misma manera, no ir por determinadas calles, ir siempre por el mismo camino, no entrar en determinados sitios o no quedar con cierta persona porque piensas que te da mala suerte».
Jordi asegura que todo podía llegar a convertirse en un ritual u obsesión. «Hay tantos como neuronas en tu cabeza. He llegado a hacer tres o cuatro horas de rituales al día». Y no ejecutarlos todos se sentía como el principio de la desdicha. «Si no cumples con uno antes de acostarte, al día siguiente ya te levantas nervioso porque piensas que algo no va a salir bien o que se va a desencadenar algo malo», comenta. Se llama pensamiento mágico: una distorsión cognitiva que se produce en algunos trastornos mentales como el TOC o aquellos relacionados con el juego. Si bien, Jordi afirma que «la gente que más rituales hacemos siempre solemos ser los más desdichados, porque no manejas tu vida; pero tu mente funciona así».
El número 4
Un dos no es un número par perfecto porque es la suma de dos números impares. En cambio, un cuatro, sí lo es, porque es la suma de dos más dos. Un seis deja de serlo porque se necesitan tres bloques de dos. Un ocho sí lo es porque son cuatro bloques de dos. «Tenía una obsesión con ellos y creo que una de las bases del TOC que yo tenía era hacer todo en números pares. Sobre todo, los pensamientos que tenía. Contar los números. Decir una frase cuatro veces para atrás y cuatro hacia adelante. Era un agobio».
«El número cuatro era la base de todo para mí». Una cifra que estaba presente en hábitos cotidianos, como ducharse. «Siempre tenía que hacerlo de la misma manera, era terrible. Justo este, a veces aún vuelve. Los que salen en el libro —este es uno de ellos—, son los que más me costaron». Jordi describe este arduo proceso con detalle en la novela: «Comenzaba con un gesto sencillo: frotarme la cabeza cuatro veces, primero del lado derecho al lado izquierdo, y luego en sentido contrario. Después, pasaba la alcachofa de la ducha sobre mi cabeza en círculos, también cuatro veces, para luego continuar con el enjabonado, empezando por mojar mi cabeza y luego recorriendo mi cuerpo. Me enjabonaba dos veces más, siempre en el mismo orden: cara, hombro, brazos, torso y piernas. Nada podía alterarse. Al llegar al aclarado, repetía el patrón en cuatro ciclos: agua en círculos sobre mi cabeza, después, en la espalda, con un recorrido preciso del hombro derecho al izquierdo; luego, en pecho y abdomen y, para terminar, en mis extremidades inferiores, para aclarar las piernas, el agua debía pasar dos veces por cada una».
Tres hojas de TOC
Jordi tardó tiempo en pedir ayuda. «Estuve dos años y medio trabajando en Londres y me vine a Galicia a trabajar porque me apareció un puesto en la administración. Me voy a vivir a Burela y ahí tengo un desencadenante terrible», relata. Era el 2019, justo antes de la pandemia del coronavirus. «Ahí ya no podía más. No podía entrar en el Froiz porque me daba mala suerte, tampoco en el Lidl... Auténticas locuras». Buscó psicólogos en la zona y dio con María Pérez, en Ribadeo, con la que sigue a día de hoy. «Me acuerdo que en las primeras consultas que tuve me dijo que le mandase una lista de todos los TOC —se refiere a todas sus obsesiones y rituales— que tenía. Le entregué tres hojas llenas. No llegué a contarlos, pero los había a diestro y siniestro».
Además del de la ducha, menciona otros como «asegurarme de cerrar y abrir las puertas cuatro veces o lavarme los dientes siempre de la misma manera». A Jordi le encanta la música y llegó a hacerse «una lista de canciones de la mala suerte en Spotify que no podía escuchar; ahora la pongo siempre y pienso: ‘‘Qué tontería, si además me encantan’’». Era capaz de identificar?cuándo se iba a desencadenar un ritual. «Cuando haces uno, después viene otro y otro. Eso desencadena en una locura mental que te quita espacio para tu vida, tus relaciones y tu trabajo. Los haces porque piensas que es como el fin del mundo para ti, necesitas llevarlos a cabo». Si Jordi se resistía, no los hacía y algo, por mínimo que sea, «no salía como yo quería, entonces ya volvía a ellos, porque pensaba que se iba a convertir en algo mucho más grande». Asimismo, confiesa que tuvo que gestionar un trastorno de ansiedad, «que nunca se me había curado» y «tenía un problema de apego con las personas que también tuve que trabajar».
Una realidad que vivió en silencio. «Cuando empecé a sufrir todo esto, para toda la gente que tiene mi edad era muy difícil hablar de ello, porque esto no tenía ni nombre. ¿Cómo gestionas una cosa así?». Cuenta una anécdota, la primera vez que fue a consulta médica por una crisis, hace veinte años. «Entré allí llorando, con un ataque de ansiedad terrible. La doctora se me quedó mirando y me dijo: ‘‘Un chico guapo y joven como tú, ¿qué problema va a tener?’’ Nadie te entendía».
La recuperación
El proceso de recuperación «puede ser fácil o difícil según las ganas que tengas de salir; fue muy difícil porque el TOC te crea unas falsas creencias sobre muchas cosas que no son ciertas». En su caso, dice que tenía muchas fuerza de voluntad para recuperarse. «Me costó, por supuesto, porque son muchos años y no se quitan en una semana. Hubo momentos en los que tuve que enfrentarme a decirme a mí mismo: ‘‘No pasa nada’’. Y aun así, sentir: ‘‘¿Y si pasa?’’. Son muchos años en los que tu mente funciona de un sentido y ahora tienes que darle la vuelta y que funcione de otro», añade.
A pesar de todo, lo consiguió. «La gente suele decir que los días no le llegan a nada. Yo ahora noto que tienen un montón de horas, que tengo tiempo para muchas cosas a las que no llegaba antes», dice entre risas. «Tuve que pedir ayuda psicológica y no tendría lo que tengo ni sería lo que soy si no la pidiese, porque vivir así es un calvario, es un cansancio psicológico», añade. Dar forma a El verano que volvió Sherezade también ayudó en el proceso. «Por primera vez en mi vida, escribí disfrutando».