Aarón Fernández del Olmo, neuropsicólogo: «Tiene sentido prohibir los móviles antes de los dos años»

Laura Inés Miyara
Laura Miyara LA VOZ DE LA SALUD

SALUD MENTAL

Aarón Fernández del Olmo acaba de publicar El cerebro hackeado, un libro acerca de cóm los móviles alteran nuestra conducta.
Aarón Fernández del Olmo acaba de publicar El cerebro hackeado, un libro acerca de cóm los móviles alteran nuestra conducta.

El experto sostiene que «si no educamos a niños y adolescentes y tampoco regulamos a las tecnológicas para que controlen contenidos, habrá niños que lleguen a los 16 años, se creen una cuenta y solo hayamos conseguido retrasar la aparición de un problema»

30 mar 2026 . Actualizado a las 09:55 h.

La relación del ser humano con las nuevas tecnologías siempre ha estado marcada por el miedo a lo desconocido. Desde los primeros libros hasta la inteligencia artificial que penetra en nuestras vidas hoy, pasando por el desarrollo de la imprenta, la radio o la televisión, los avances en medios que reclaman nuestra atención han supuesto una transformación radical del funcionamiento de nuestra mente. El neuropsicólogo clínico Aarón Fernández del Olmo (Madrid, 1981) explora esta historia hasta llegar al momento actual en su nuevo libro, El cerebro hackeado. Cómo los móviles alteran nuestro comportamiento (Kailas. 2026). El experto explica cómo podemos aprovechar lo mejor que estos dispositivos pueden aportarnos como herramientas y evitar sus efectos más negativos para nuestra salud.

—Cada vez que se introduce una nueva tecnología, su aceptación social se desarrolla en una serie de fases. ¿En qué punto estamos actualmente con los teléfonos móviles?

—Para entender el fenómeno de los smartphones y de las pantallas, no podemos analizarlo solamente en clave tecnológica, sino también en clave social, histórica y cultural. Esto significa entender cómo el ser humano se relaciona con las nuevas tecnologías. Me refiero a lo que pasó cuando tuvimos que relacionarnos con la lectura o con el cine o con otros dispositivos previos a los smartphones. Había muchas dudas sobre qué efecto tendrían sobre el ser humano y siempre hay un miedo implícito a que esas nuevas tecnologías puedan acabar atontándonos o perjudicando nuestras funciones cognitivas, desde la lectura, con la memoria, hasta el cine, con la atención. Y hoy en día, con los smartphones, que tienen 15 años y existe muy poca investigación de fondo. Cuando no hay investigación, no hay evidencia sobre el efecto que tienen a nivel cognitivo y cerebral. Esto da pie a que se digan muchas cosas desde el miedo o la preocupación y esa tecnofobia a veces puede surgir.

—¿Dónde está el límite entre esa desconfianza tecnófoba hacia lo desconocido y el reconocer verdaderos problemas asociados al uso de los dispositivos?

—El límite está en la investigación. Yo sostengo que hay que investigar para poder delimitar dónde hay un riesgo, para que lo podamos ver perfectamente y dónde no lo hay. En muchos casos, claro que hay riesgos en el uso de los smartphones, según la forma en la que se utilicen y la cantidad de tiempo que se dedique a este uso. Pero hay que delimitar las variables que tienen peso, para no caer en discursos alarmistas como que los móviles provocan TDAH.

—¿Qué evidencias hay acerca de cómo nos afecta a los adultos el uso del móvil, a nivel cognitivo?

—Yo hablo de que tenemos el cerebro hackeado y puede sonar como un cliché, pero es cierto que los procesos cognitivos tienen sus tiempos y estos no están acompasados a las nuevas tecnologías. Las pantallas son mucho más rápidas que el entorno en el que se han construido nuestros cerebros. Esto provoca que haya ciertos cortocircuitos o fallos a nivel del funcionamiento de la atención o de la memoria, que se expresan como dificultades para concentrarse, para sostener tareas o conservar recuerdos profundos. Porque en cierto modo, los móviles están sobresaturando el sistema de procesamiento del cerebro.

—¿Nos estamos volviendo más impacientes con el uso del móvil?

—Una de las características que tiene el funcionamiento de los móviles es que tenemos un refuerzo inmediato y esto nos lleva a acortar los plazos de todos los procesos que conllevan un refuerzo. Pero culpar a los móviles de esto se convierte en un análisis muy pequeño. Realmente, esa impaciencia no viene solo por el uso de los móviles, sino que la aparición del móvil es a su vez una consecuencia del mismo sistema, de las dinámicas sociales que tenemos. Y, desde luego, todo se puede entrenar y también se puede desentrenar. La paciencia no es la excepción.

—¿Qué impacto tienen las pantallas en el neurodesarrollo?

—El efecto va a variar según la etapa del ciclo vital de la que estemos hablando. En el caso de las etapas infantiles, tiene sentido prohibir los móviles antes de los dos años. En ese período, el cerebro necesita una estimulación específica del entorno, una integración sensorial, interactuar con objetos y con personas. Cuando enganchas a un niño al móvil, le estás impidiendo atender a ese mundo real que tiene un funcionamiento diferente al del móvil. Por sobreestimular a un niño no vas a conseguir que funcione mejor. La estimulación tiene que ser en la cantidad justa y bien estructurada. Por eso, está demostrado que en etapas tempranas no es buena idea exponer a las pantallas. Otra cosa muy distinta es la etapa posterior, entre los seis y nueve años. El uso de los móviles en estos niños será problemático para el neurodesarrollo si se hace de una manera no coordinada, no supervisada por un familiar, y si se convierte al dispositivo en una manera de mantener al niño controlado. Pero el uso cooperativo de las pantallas resulta incluso algo beneficioso para el desarrollo cognitivo en ese período.

—¿En qué consiste este uso?

—Es algo diametralmente opuesto a o que hacemos los adultos con el móvil, que es sentarnos a ver vídeos o a hacer scrolling, pasando de un contenido a otro casi sin prestar atención, con una dinámica poco consciente. No nos paramos a reflexionar cómo utilizarlos, sino que nos dejamos llevar. Y en el caso infantil, lo que interesa no es sentarse con el niño a ver vídeos y hacer scrolling pasivamente juntos, sino aprovechar los dispositivos para educar, ver algo que fomente una conversación, entrenar la atención y fomentar la ruptura del scroll. Esto implica algo que muchas veces no tenemos los adultos, que es tiempo para dedicarles a nuestros hijos y para educarles en el uso de las pantallas.

—¿Un uso adecuado ayuda a evitar el exceso?

—Hay que diferenciar la cantidad de tiempo y el tipo de uso. La investigación muchas veces ha hecho estudios referentes al uso de móviles basados solo en el tiempo. Es decir, se intenta analizar, cuanto más tiempo usas el móvil, qué problemas cognitivos genera. El problema es que esto oculta variables importantes, como el tipo de uso. Un uso cooperativo, en familia, educativo, no es lo mismo que hacer scrolling o jugar a juegos que den un refuerzo intermitente. Esta diferenciación también implica plantearse de qué edad estamos hablando, en qué fase del desarrollo cognitivo y cerebral está el individuo, para implantar un uso correcto y nunca desmedido, que tenga coherencia en cuanto al tiempo.

—¿Es posible aprender a leer con una pantalla?

—Hay una hipótesis científica clásica que es la de la inferioridad de las pantallas. Supone que las pantallas no pueden o no tienen el mismo nivel de capacidad para enseñar que, por ejemplo, un libro de texto. En el caso de la lectura, es una habilidad que se adquiere mediante un proceso muy concreto. Hay una forma de aprender a leer que es la más adecuada y consiste en una serie de estrategias que se benefician mucho del funcionamiento del libro físico. De sus hojas, de una página con un inicio y un final, del objeto en su dimensión espacial. Estas son características que no tienes en un PDF que puedes leer en la pantalla. Con el PDF pierdes las claves espaciales porque tienes que ir subiendo y bajando y todo está al mismo nivel. El mismo hecho de pasar la página física nos conecta a través del tacto con la lectura y ayuda a consolidar mejor ese aprendizaje. No es que con la pantalla no se peda, pero lo deseable es no perder los libros. Compaginarlos con la pantalla. No eliminar uno y sustituirlo con otro.

—Sin embargo, menciona en el libro que los SMS mejoraron las habilidades lectoescritoras de una generación.

—Sí. Es un caso paradigmático. En los noventa se decía que los SMS nos estaban atontando. De hecho, había muchísimas noticias en periódicos de la época que hablaban de un aumento de faltas de ortografía en los jóvenes, que no iban a saber escribir porque mira cómo escriben los mensajes de texto. Como los mensajes de texto tienen un espacio limitado, la gente escribía sin espacio, saltándose las haches, eliminando cosas. Y sin embargo, lo que nos ha dicho la investigación posterior es que precisamente los que han hecho ese texting tienen un mejor desarrollo del lenguaje y de la lectura. Simplemente porque están jugando con su consciencia fonológica, un proceso fundamental para la lectura, desde el momento en el que están haciendo ese cambio o esa conversión del lenguaje específico habitual a un lenguaje que es para un SMS. Resulta que estaban entrenando esa consciencia fonológica, justo lo contrario de lo que se pensaba.

—¿Cómo nos afectan las redes sociales?

—En el desarrollo infantil se construye la cognición social, que es la capacidad de ir entendiendo las intenciones de otros, ponerse en su lugar, generar esa comprensión de una persona que tiene ideas diferentes de las tuyas. Esto solo se puede generar a través de la interacción social con otras personas: a través de la crianza, en el vínculo padre-hijo, madre-hijo o a través de la relación con los pares. Esta cognición social, junto con elementos que llamaríamos lenguaje no verbal, que acompañan a la comunicación, no están presentes en el uso del móvil. A veces pensamos que si ponemos a un niño a ver YouTube varios vídeos de alguien hablando, va a desarrollar su lenguaje correctamente. Pero no es correcto, porque esa interacción es completamente pasiva. En la adolescencia, lo que nos vamos a encontrar es que precisamente, si no educamos emocionalmente a los niños para que entiendan la importancia que tienen que darle a un like o a una interacción en redes, las interpretaciones pueden ser muy erróneas y llevan a desarrollar problemas del estado de ánimo, incluso ansiedad o depresión, por no estar bien entrenados en estos aspectos.

—¿A qué edad se puede dar un móvil a un niño?

—Si es para un uso privado y tú no vas a controlar lo que está haciendo, le expones a una cantidad de peligros para los que a lo mejor no está preparado con 14, pero tampoco con 16 ni con 20 años. Sobre todo, si no hay una educación previa a nivel emocional, de gestión y de comprensión. En estas condiciones, un móvil es una herramienta peligrosa a cualquier edad, basta con ver los problemas de salud mental relacionados con las pantallas en adultos. La clave es entender qué variables hacen que a un niño se le pueda dar antes o más tarde un móvil. Esto va a depender mucho de las características del niño y de las pautas de crianza. Pero lo que dice la literatura es que, cuanto más pronto se le dé el móvil, sobre todo a los 10, 11 o 12 años. más riesgo hay de problemas derivados de un uso compulsivo. Por lo que normalmente, se establece que la mejor edad es, como mínimo, a partir de los 14.

—En cuanto al uso de redes sociales, el gobierno ha impuesto el límite en los 16 años, ¿esta es una edad razonable?

—Evidencia al respecto tenemos poca, porque las redes sociales tienen muy poco tiempo y no hay estudios de control en los que se cuente con un grupo de adolescentes no expuestos nunca a redes sociales. La limitación responde a una preocupación que nos generan las redes sociales, porque realmente están provocando que haya más acceso a contenidos que no son adecuados y están provocando que afloren ciertos problemas que a lo mejor no aflorarían de otro modo. Pero si no educamos a niños y adolescentes en aspectos emocionales, si no compartimos con ellos y si tampoco regulamos a las tecnológicas para que controlen la programación de contenidos que tienen, habrá niños que lleguen a los 16 años, se creen una cuenta y solo hayamos conseguido retrasar la aparición de un problema. Bajo estas medidas lo que hay muchas veces implícita es la idea de que la madurez llega con la edad, pero la madurez también llega a través de la enseñanza, y eso no siempre se da.

Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.