Ramón Bataller, hepatólogo: «El dinero en la enfermedad hepática alcohólica está puesto para crearla, no para curarla»

Lucía Cancela
Lucía Cancela LA VOZ DE LA SALUD

ENFERMEDADES

El doctor Ramón Bataller es Jefe de Hepatología del Clínic de Barcelona
El doctor Ramón Bataller es Jefe de Hepatología del Clínic de Barcelona

El experto imparte dos charlas este jueves en Pontevedra, una de ellas abierta a la población general

28 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

El alcohol es un enemigo para todos los órganos, en especial, para el hígado. Su consumo asiduo y excesivo suma posibilidades en el reparto de la cirrosis, una enfermedad en la que el tejido sano es reemplazado por tejido cicatricial. El doctor Ramón Bataller, hepatólogo referente mundial en la enfermedad del hígado provocada por el alcohol, tiene este jueves cita doble en Pontevedra. A las ocho y cuarto de la mañana dará una charla magistral en el salón de actos del Hospital Montecelo y, por la tarde, a las seis y media, una ponencia abierta y gratuita a toda la población, degustación de cócteles sin alcohol incluida para los asistentes.

—Imparte dos charlas. Una de ellas para profesionales de la salud. ¿Qué les queda por saber a los sanitarios sobre el alcohol?

—Hay dos cosas. Una, que está presente en muchas conversaciones, en la vida diaria de todos. Hay una cultura general por la que todo el mundo tiene una opinión pero, a veces, hay poco conocimiento de datos. A veces, los profesionales dicen cosas que no están basadas en datos. Hay mucho ruido. Y dos, algo que creo que es muy importante, el estigma. La medicina y los médicos también dan un poco la espalda a los problemas del alcohol, como parte de la sociedad de la que todos somos. Es más, hace unos años hice un estudio, The Burden of Attention Index, que recoge cuánta atención se le presta a una enfermedad comparado con la dimensión. Al alcohol se le daba diez veces menos atención de la que se merecía. Está estigmatizado, se asocia a cosas malas. Está un poco abandonado. Hay pocos expertos a los que les gusten estos pacientes y que tengan un conocimiento profundo de cómo afrontarlos. 

—A nivel de población general, ¿se sigue pensando que un poco de alcohol no es tan malo?

—Sí. Es difícil medir o ser objetivo con la percepción. Muchas veces, los mis pacientes te dicen que beben «lo normal», o que cierta cantidad es buena, esta idea sigue muy presente en la sociedad. Sobre todo, en una como la española, con mucha tradición de vino. Nosotros vamos a publicar datos sobre los lobbies de la industria del alcohol, que se dedican a hacer promoción de que el vino es bueno para la salud e impedir leyes que lo regulen. Son muy efectivos, la verdad. Es más, en el estudio que hicimos recogimos todas las actividades que hacen para alterar la percepción pública, como los anuncios, o que las botellas no tengan una etiqueta, que esto es algo que se paró en Bruselas. Tenemos alguna foto de los anuncios que parecen de una marca deportiva o de citas, porque sale un chico con dos chicas haciendo deporte. Y cuando lo veo, pienso: «Pero si la gente con problemas con el alcohol están aislados socialmente y no pueden hacer ejercicio». Es decir, están dando una imagen errónea y, además, a la gente joven, de que con el alcohol viene el éxito social y amoroso. Y nada de eso. Lleva al abuso. No hay percepción de que la única bebida segura es cero. En mis charlas intento no ser de la ley cero, porque creo que sería cínico por mi parte y porque beber ocasionalmente tampoco está claro que sea malo. Otra cosa es la bebida diaria. 

—¿Qué pasa con esa bebida diaria?

—Cada vez más estudios indican que beber diariamente, aunque sea un poquito, podría aumentar, sobre todo, el cáncer. Y no solo el hepático, sino muchos tipos. Son datos bastante nuevos. 

—¿Qué etiqueta pondría usted en las botellas de vino?

—Yo no sería muy radical. Pero sí dejaría claro que si usted bebe en exceso o pierde el control, puede ser muy perjudicial. También pondría un teléfono al que llamar en caso de que alguien no se controlase con la bebida. A veces pensamos que por ser vino, da igual. Y no. Muchos de mis enfermos toman una botella de vino al día y están muriéndose. Cada cosa en su sitio. 

—¿Cómo de complicado es lograr que uno de sus pacientes deje el alcohol cuando es algo que llevan haciendo durante años?

—Más difícil de lo que uno piensa. Por tres motivos. Lo primero, no son conscientes de lo que beben. Si hablas con ellos diez segundos y les preguntas si beben en la comida y en la cena, o si toman agua o vino, o si la toman con cada plato y cuántos toman, al final, acaban pasando de una copa a cuatro. No son conscientes de la cantidad. Después, el alcohol es muy adictogénico. Provoca adicción psíquica y física. Ahí está el síndrome de abstinencia. Hay bebedores de altas cantidades que, cuando quieren dejarlo, no pueden. Se ponen nerviosos, les tiembla todo. Y, por último, el tercer motivo es la falta de médicos que te pueden ayudar y la falta de conocimiento de los médicos generales a la hora de motivar a la persona y convencerla para que vaya a un centro que le ayude a dejarlo. 

—¿A partir de qué cantidad el consumo de alcohol empieza a hacer daño al hígado?

—Hay una cantidad que le va a hacer daño a todo el mundo. A partir de tres o cuatro bebidas al día. Esto es independiente de que seas un chaval de 18 años con los mejores genes del mundo que una persona mayor. Luego, si esa cantidad te va a llevar a una cirrosis, a una demencia o a una cardiomiopatía o no, dependerá de otros factores, no solo del alcohol. Entra en juego si tienes síndrome metabólico, de si tienes los genes malos que te predisponen a los efectos del alcohol... Es decir, cuando la ingesta de alcohol es muy elevada, no hacen falta muchos cofactores; cuando es moderada, el daño depende de otros. Tenemos un estudio muy grande, hecho con gente que tiene síndrome metabólico, en el que demostramos que los que bebían más de cinco bebidas a la semana ya tenían más cirrosis en el hígado, y fíjate que no llegan ni a una al día. Es gente que tiene hipertensión, obesidad y dislipemia, y a ellos no les podemos decir que dos bebidas o menos está bien, porque no es así. Tienen hígado graso y el alcohol ayuda a esa obesidad a hacer más daño en el órgano. 

—Se incrementan las mujeres que beben alcohol. A su vez, crece el sobrepeso y la obesidad, la diabetes o la hipertensión. ¿Esto les hace tener un nuevo perfil de paciente?

—Normalmente el factor de riesgo precede en años, a veces una década, a las consecuencias. En España, el ejemplo más típico es la incorporación de las mujeres al hábito tabáquico. Cuando yo era pequeño, solo lo hacían los hombres. Estaba mal visto en las mujeres. Luego, hubo una liberación y aumentó su consumo. Así que, al cabo de unos 15 años, empezaron a crecer los infartos, los cánceres de pulmón y los problemas relacionados en la población femenina. Con el alcohol sucede un poco lo mismo. En nuestro país ya hay más niñas que niños que beben, pero en ellas todavía no se ha visto el aumento de cirrosis o hepatitis asociada al alcohol. En cambio, nosotros publicamos un estudio relativo a Estados Unidos en el que observamos un incremento del 1500 % de mujeres que tenían hepatitis asociada al alcohol. Esto es algo que se ve en la esfera anglosajona. En Reino Unido hay muchísima joven con hepatitis asociada al alcohol que todavía no se ha visto en España. 

—Muchas personas se unen al enero sin alcohol. ¿Se puede curar el hígado en un mes?

—A ver, es algo positivo porque se puede aprovechar como el inicio de un propósito. Pero también hay que tener cuidado. Si eres una persona con una ingesta muy alta y, de repente, la paras, puede aparecer la abstinencia. Además, es cierto que con esta iniciativa solo paras un mes. Es decir, si tienes algo leve lo puedes mejorar. Pero es obvio que tienes una enfermedad progresiva desde hace muchos años, paras un mes y vuelves, las consecuencias vuelven. Yo lo veo como algo que puede tener éxito en algunas personas, que puede ser un incentivo y que es válido, pero tampoco vas a lograr un gran cambio si solo lo haces un mes. 

—¿Cómo cree que podrán beneficiar los análogos del GLP-1, y los que están por llegar, en enfermedades hepáticas?

—Hay varias cosas interesantes. Primero, tenemos estudios —nosotros hemos participado en un estudio clínico del que aún no se saben los resultados—, con datos sugerentes acerca de los efectos beneficiosos de los análogos de las incretinas para la bebida, porque te quitan la ansiedad oral, por una parte, a nivel cerebral, y luego te quitan la capacidad de distender el estómago. Entonces, por ejemplo, si eres un bebedor de cerveza, como no te deja distender el estómago, te sacias enseguida. En resumen, ya hay estudios que sugieren que podría ser beneficioso. El problema de estos fármacos es que son caros y que tienen sus efectos secundarios que todavía no se conocen bien. Eso sí, han cambiado el mundo de la obesidad. 

—¿El trastorno por el uso de alcohol cuenta con un Champix, por ejemplo, que multiplique las posibilidades de éxito?

—Los medicamentos para el uso del alcohol se prescriben muy poco fuera de los centros de adicciones. El más utilizado es el antabus, que hace que te siente fatal el alcohol cuando lo bebes, pero puede dar enfermedades del hígado. Por tanto, no se puede dar si un enfermo tiene alguna fibrosis silente del hígado. Hemos visto enfermos con fallo hepático por esto. Y luego, ante el resto de alternativas, contamos con pocos estudios de enfermos del hígado, y la gente tiene mucho miedo de darlo a estos pacientes por si les sentase mal. Por eso, a la hora de frenar la ingesta en una persona con una enfermedad del hígado se usa muy poco, por miedo y la falta de literatura científica. Ahora están apareciendo estudios, poco a poco, y no de gran calidad porque es un campo siempre que va por detrás de todo. Es que el dinero en la enfermedad hepática alcohólica está puesto para crearla, no para curarla. A nivel político, cuando se habla del hígado, hay una tendencia basada en no nombrar el alcohol en toda su extensión porque tiene un poder fáctico en todas las compañías del lobby

Lucía Cancela
Lucía Cancela
Lucía Cancela

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.

Graduada en Periodismo y CAV. Me especialicé en nuevos formatos en el MPXA. Antes, pasé por Sociedad y después, por la delegación de A Coruña de La Voz de Galicia. Ahora, como redactora en La Voz de la Salud, es momento de contar y seguir aprendiendo sobre ciencia y salud.