Radiografía, mamografía o TAC: ¿cuánto nos puede afectar la radiación de una prueba de imagen?

EL BOTIQUÍN

Radiografía de un paciente con tuberculosis
Radiografía de un paciente con tuberculosis Luke MacGregor | REUTERS

Los riesgos de la exposición a la radiación son acumulativos y se manifietan a largo plazo, por lo que estas pruebas médicas solo se realizan cuando es estrictamente necesario

12 ene 2026 . Actualizado a las 18:39 h.

Las pruebas radiológicas están entre las más utilizadas en el diagnóstico médico. Desde finales del siglo XIX, cuando el físico alemán Wilhelm Conrad descubrió los rayos X —un hallazgo que le valió el premio Nobel de Física en el año 1901—, las técnicas han avanzado hasta permitir ver con precisión el interior del cuerpo humano de manera no invasiva. A día de hoy, en España se realizan más de 40 millones de estas pruebas de imagen al año y, según datos de la Organización Mundial de la Salud, cerca del 80 % de las decisiones médicas se toman en base a este tipo de técnicas.

Aunque para muchos pacientes sigue siendo un terreno misterioso, asociado a máquinas complejas, salas blindadas y una idea de peligrosidad o riesgo vinculado a la radiación, la realidad es mucho más matizada. La evidencia científica señala que las pruebas radiológicas son herramientas diagnósticas fundamentales y en la práctica clínica, su empleo está regulado y optimizado para minimizar riesgos. Así lo explica el doctor Pablo Valdés Solís, jefe de servicio de Radiodiagnóstico del Hospital Universitario San Agustín de Avilés y expresidente de la Sociedad Española de Radiología Médica (Seram).

Radiología en el diagnóstico

Aunque la radiación ionizante se utiliza tanto en el diagnóstico médico como en el tratamiento de enfermedades, el área diagnóstica es la más conocida a nivel poblacional, ya que el uso de estas pruebas es habitual en la práctica clínica. Estas técnicas, como la radiografía o la tomografía computarizada (TAC), emplean rayos X para atravesar los tejidos del cuerpo y conseguir imágenes de órganos y huesos.

Como explica Valdés, los rayos X ingresan en el organismo y, «en función del tipo de tejido, se absorben más o menos. Los que no se absorben llegan a un detector, en el que se genera la imagen». Este principio físico está detrás de diversas aplicaciones médicas, desde una radiografía de tórax, con una única exposición, que consigue una imagen plana, hasta un TAC que reconstruye el cuerpo en miles de cortes axiales para identificar tumores, hemorragias o lesiones internas, a través de la emisión constante de rayos y una dosis mayor de radiación. Una mamografía equivale a casi diez radiografías de tórax, mientras que una tomografía computarizada (TC) puede equivaler a cientos de ellas. 

Límites de seguridad

El acceso a las técnicas radiológicas es crucial. Se estima que «a cerca del 75 % de los pacientes se les hacen estudios radiológicos durante su proceso asistencial». El incremento en la disponibilidad de las pruebas radiológicas ha permitido realizar diagnósticos más tempranos y precisos, pero también ha aumentado la exposición poblacional a radiaciones médicas. Para controlar esta exposición, los radiólogos trabajan bajo una normativa estricta. En España, el Real Decreto 601/2019 establece la obligación de justificar y optimizar cada prueba que utilice radiación ionizante. «Solo se hará el estudio con radiaciones ionizantes si el beneficio es mayor que el riesgo, y solo si no hay alternativas sin radiaciones», señala Valdés.

La justificación de la prueba tiene especial relevancia en determinados grupos poblacionales. Hay que tener en cuenta que el riesgo, aunque bajo, es acumulativo y sus consecuencias se manifiestan a largo plazo. «En niños, pacientes jóvenes o mujeres embarazadas solo se debería hacer una tomografía computarizada cuando no exista una alternativa diagnóstica», afirma el experto de la Seram. En cambio, en pacientes de edad avanzada los riesgos disminuyen, ya que el posible efecto tardío queda mitigado. Para el experto, «los riesgos son mayores en pacientes jóvenes, por una parte porque tienen más posibilidad de exponerse a radiaciones a lo largo de su vida. Pero también porque sus órganos son más sensibles a las radiaciones».

Otra gran medida que garantiza la seguridad es la optimización de estos procedimientos, lo que significa que se busca ajustar la dosis al mínimo imprescindible para obtener un diagnóstico fiable. Valdés explica que los servicios de radiología diseñan «protocolos que consigan una imagen lo suficientemente buena como para alcanzar un diagnóstico, pero con la menor dosis de radiación posible». Para ello, se adaptan los parámetros de cada estudio, se forma a los técnicos y se actualizan los equipos con las últimas tecnologías, desde detectores más sensibles hasta sistemas de inteligencia artificial que reducen el ruido de imagen.

Uno de los cambios menos conocidos por el público es la retirada del uso habitual de protectores plomados. En décadas anteriores, era habitual que a los pacientes se les colocaran delantales o protectores sobre las tiroides o los genitales. Sin embargo, la evidencia actual ha demostrado que estos materiales no solo no reducen la dosis efectiva real, sino que pueden interferir en la obtención de la imagen. Por ello, Valdés señala que «no se deben usar protectores plomados, salvo en situaciones muy concretas, relacionadas sobre todo con las radiografías dentales».

¿Cuántas radiografías puedo hacerme en la vida?

A pesar del aumento de la seguridad en la práctica radiológica, la pregunta persiste. ¿Hasta qué punto es seguro exponerse? ¿Existe un número máximo de radiografías o de pruebas con radiación a las que podamos someternos? La evidencia científica no fija una cifra límite, debido a que el riesgo depende diferentes variables, desde la dosis acumulada, al tipo de prueba o la edad del paciente.

Por eso, el doctor Valdés señala que más que contar radiografías, importa evitar pruebas innecesarias. «Cualquier exposición a radiaciones ionizantes supone un riesgo teórico», aclara el experto, aunque recuerda que las dosis empleadas en radiología diagnóstica son bajas. En este ámbito científico, se trabaja con el concepto de modelo lineal sin umbral: no existe un nivel de radiación totalmente libre de riesgo; por ello, cada exposición debe ser evaluada. Sin embargo, de manera general, los beneficios diagnósticos superan con creces los riesgos asociados.

Más allá de lo estrictamente clínico, Valdés aporta un matiz para aquellos que puedan sentir reticencia ante la prueba médica: la radiación en el ámbito medicinal no es la única ni la principal fuente de exposición diaria para muchas personas. Si bien la atmósfera terrestre filtra parte de la radiación cósmica, una proporción de ella sigue llegando a nuestros organismos. A grandes altitudes, el nivel es mayor.

Una de las fuentes más comunes de exposición es, en este sentido «la recibida en un vuelo en avión, especialmente en los transoceánicos», explica el experto. En aviones ya retirados, como el Concorde, estas dosis podían incluso superar las de una radiografía convencional, hasta el punto de que esta aeronave «disponía de un sistema de monitorización continua de la radiación» para ajustar la altitud si era necesario. En los modelos actuales, el riesgo es menor. Aunque persiste en cierta medida, los estudios epidemiológicos en medicina aeroespacial no han observado grandes diferencias en términos de salud entre personal de vuelo, como pilotos o azafatas, y el resto de la población.

En cualquier caso, y para tenerlo en cuenta, podemos asumir que un vuelo en avión de diez horas equivale aproximadamente a la misma exposición que una radiografia de tórax. Como señala Valdés, aunque las radiaciones implican siempre una exposición, «los riesgos teóricos, y muy bajos, que puedan suponer las radiaciones ionizantes se compensan, con mucho, con los beneficios que supone el diagnóstico que se consigue con estas pruebas».

Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.