Irlanda y sus fronteras


¿Cómo de preocupante es que las organizaciones paramilitares protestantes del Úlster digan que el acuerdo de paz en Irlanda del Norte está muerto? Mientras sea una amenaza y no un hecho consumado, no es preocupante. Estas organizaciones gozan ya de mucho menos apoyo entre la comunidad unionista que en el pasado y, de hecho, su protesta tiene más que ver con esa pérdida de poder y prestigio que con la aplicación del Protocolo irlandés del brexit, que citan como el motivo de su descontento. Sin embargo, sí merece la pena observar ese protocolo y sus consecuencias políticas, que empiezan ya a manifestarse, y no para bien, en Irlanda del Norte.

Como se sabe, el Protocolo irlandés pretende evitar una frontera «dura» entre las dos irlandas por el expediente de erigir una, solo comercial, entre Irlanda del Norte y Gran Bretaña. Nadie esperaba que funcionase y no está funcionando. Las relaciones entre las dos irlandas pueden tener un gran significado político, identitario o sentimental; pero el hecho es que, económicamente, Irlanda del Norte apenas comercia con la República de Irlanda y depende, en cambio, por completo, de sus intercambios con Gran Bretaña. De modo que, incluso cuando el protocolo se va aplicando poco a poco y con exenciones temporales para determinados productos, el resultado está siendo desabastecimiento en los supermercados del Úlster. Tampoco la UE está contenta con la situación y, por ejemplo, se ha quejado de que hay una «fuga de vacunas» contra el coronavirus por la frontera de Irlanda, lo que le llevó a ser la primera en imponer controles en la frontera, aunque luego rectificase.

Es en este contexto en el que hay que entender la decisión del primer ministro británico, Boris Johnson, de prolongar unilateralmente las exenciones de productos que deberían terminar ahora. Bruselas tiene razón en que esto es una vulneración del protocolo, pero la alternativa podría ser peor. Los unionistas que gobiernan en Irlanda del Norte, no solo los paramilitares, piden ya abiertamente la supresión del Protocolo irlandés, y, dentro de un año, las elecciones a la Asamblea norirlandesa pueden convertirse en un referendo sobre este asunto. Puesto que los unionistas se están radicalizando (se calcula que un cuarto de los votos del nada moderado DUP se han ido ya al todavía más radical TUV), y que los republicanos no dejan de crecer impulsados en gran parte por la demografía (es posible que ya haya más católicos que protestantes en el Úlster), la cuestión del Protocolo irlandés se convertirá inevitablemente en una disyuntiva entre la reunificación con la República de Irlanda o la reincorporación completa a Gran Bretaña. Toda la ingeniería burocrática que se ha diseñado con tanto esfuerzo para evitar dividir a la sociedad norirlandesa podría acabar ahondando esa misma división. Porque, y esto es lo que quizás se ha olvidado al obsesionarse con la frontera entre las dos irlandas, en Irlanda del Norte la frontera realmente preocupante es la que pasa por el medio de su sociedad.

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