A CORUÑA

El accidentado relevo en la presidencia de la primera potencia mundial va a suponer la reincorporación de EE.UU. al acuerdo de París que intenta de frenar el cambio climático que sufre el mundo, pero también se vislumbra como determinante para cambiar el clima político que viven Cuba desde hace ya 60 años y Venezuela en las dos últimas décadas. El paso del ciclón Trump por la Casa Blanca, según meteorólogos políticos solventes, no contribuyó a resolver ninguno de los dos problemas, más bien los agravó.

En Cuba, tras el cúmulo de errores cometidos por los sucesivos inquilinos de la Casa Blanca, el panorama no es el que era. Ya se murió el mítico Fidel y su hermano Raúl, heredero del trono, se dejó la presidencia, hace tres años. Antes protagonizó el intento de normalización de relaciones con EE.UU. Había sido una iniciativa de Obama, cuando Biden era su vicepresidente, pero duró poco.

Llegó Trump, quien aprovechó la denuncia de una veintena de diplomáticos de la Embajada en la Habana, reabierta por Obama el 20 de julio de 2015, y se produjo el consiguiente retroceso en lo poco que se había avanzado en la normalización de relaciones. De nada sirvió que estudios realizados por la universidad californiana de Berkeley y la Lincoln en el Reino Unido coincidiesen en identificar esos ataques acústicos: eran provocados por el frotamiento de las alas esclerotizadas del grillo antillano durante el cortejo.

La reactivación del histórico embargo al que está sometida la isla desde los 60 y, más recientemente, la pandemia afectaron de lleno al turismo, su principal fuente de ingresos. A todo ello se ha sumado la drástica caída de generosos subsidios venezolanos en suministro de petróleo para consumo interno e incluso para reexportar, tras la caída en picado de la producción de la petrolera estatal PDVSA.

Y lo último ha sido el anuncio de importantes reformas económicas que cada vez se distancian más del modelo productivo implantado hace 60 años. Acaban de autorizar la entrada del sector privado en cerca de 2.000 actividades productivas, cuando hasta ahora estaba limitado a 127. Esto facilitará la entrada de inversiones extranjeras que contribuirán a reactivar una economía que el último año se contrajo un 11%, el peor retroceso de las tres ultimas décadas.

Y Venezuela, ¿qué?

Los avances que consiga hacer Biden en la normalización de relaciones con Cuba van a jugar un papel clave con Venezuela, el otro frente que tiene abierto en la región.

La evolución de la situación en Venezuela, especialmente desde la desaparición de Chávez, ha dejado meridianamente claro que Cuba es el pilar básico que sostiene al régimen de Maduro, que a su vez ha venido jugando un papel clave en el sostenimiento económico de la isla. Se trata, en definitiva, de un matrimonio de conveniencia.

En la medida en que Biden ofrezca garantías claras de que su oferta va en serio, de si le echan una mano para convencer a Maduro de que se vaya por las buenas, lo de Venezuela empezará a coger otro color.

Tampoco se puede descartar que países que en estos momentos están alineados con Maduro, como Rusia, China, Irán y Turquía, y lo están más por conveniencia que por devoción, acepten marcar distancias con él, aunque sea a cambio de concesiones y acuerdos en temas bilaterales de mayor envergadura.

Todo ello puede contribuir de forma determinante a hacerle ver a los que tienen en sus manos el destino de un país que cada día avanza un poco más hacia el precipicio, qué, a pesar de todos los excesos que han cometido en los últimos años, aún existe margen para salidas no demasiado indignas.

Revisar sanciones económicas

Joe Biden, por lo de pronto, ya ha dicho que está dispuesto a revisar las sanciones económicas que han puesto al régimen contra las cuerdas. La oposición, la real, no la que solo opera en las redes sociales, tan criticada por los personalismos que han ido aflorando con el paso de los años, ya ha constatado que si se juntan, son más y que pueden ganar, a poco que desde el poder se respeten mínimamente las reglas de juego democráticas

Con todo, los que siguen de cerca desde hace años la realidad venezolana advierten que el problema no son solo los Maduro, Diosdado y adláteres, sino los poderes fácticos que tienen mucho que perder si el actual estado fallido vuelve a ser un Estado de Derecho.

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El talante de Biden alienta la esperanza de cambio en Cuba y Venezuela