¿Por qué el Ejército birmano cambió su cómodo «statu quo» por un golpe?

Los egos y las disputas políticas en las Fuerzas Armadas, que controlan los intereses comerciales del país, parecen ser los culpables


Los Angeles Times

El Ejército de Birmania controla grandes intereses comerciales en minería, telecomunicaciones, textiles, hoteles e incluso en el mercado de la cerveza. No tiene que enfrentarse a la supervisión civil y puede bloquear posibles cambios a la Constitución. Cuando tuvo que responder a la condena internacional por su brutal represión de las minorías étnicas, expuso a miembros de su complaciente Gobierno civil para absorber la culpa.

Con tal poder político y económico, el Ejército, conocido como Tatmadaw, parecía tener poco de qué quejarse, excepto por su falta de éxito en las urnas, que sin fundamento atribuyó al fraude electoral de las elecciones de noviembre.

Así es que incluso los observadores más cercanos se sorprendieron por la decisión de los líderes del Ejército de dar un golpe de Estado, cuando el pasado lunes las autoridades militares detuvieron a figuras políticas prominentes como Aung San Suu Kyi y declararon un año de Gobierno de emergencia. Al Tatmadaw le queda la tarea de gobernar, un papel en el que precisamente no sobresalió durante los 49 años de caótica dictadura militar, que finalizó en el 2011.

Birmania enfrenta una emergencia de salud pública por la pandemia del covid-19 que ha desencadenado una crisis económica que recuerda a la que precipitó un levantamiento popular en 1988 con numerosas víctimas. Millones de personas se han visto empujadas a la pobreza en el último año, lo suficientemente desesperadas como para cazar ratas y serpientes en las alcantarillas para comer.

Lo que han ganado al asumir el control total podría verse rápidamente superado por las sanciones impuestas por EE.UU., la Unión Europea y otros países que podrían interrumpir el acceso de Birmania a las importaciones y, lo que es más importante, al dólar estadounidense. Y es probable que las empresas extranjeras que participaron en empresas con los conglomerados del Tatmadaw se vean cada vez más presionadas para reconsiderar sus inversiones.

Si bien nadie fuera del Ejército sabe con certeza por qué cambió repentinamente su cómodo statu quo, algunos analistas afirman que los egos y las disputas políticas dentro de la institución más poderosa de Birmania podrían ser los culpables.

«Los militares no están motivados principalmente por preocupaciones financieras», explicó Richard Horsey, un analista de Birmania. «En realidad nunca lo han estado. Se trata de orgullo, política y ambición personal. Han sentido que el Gobierno civil no les estaba dando a ellos y a sus preocupaciones el debido peso y respeto, y que no estaban siguiendo las normas constitucionales». Eso incluye la decisión de Suu Kyi de eludir una ley constitucional que la excluye de la presidencia creando en el 2016 un alto cargo para ella: el de «consejera de Estado». Probablemente también tuvo que ver su negativa a considerar los cargos de fraude electoral alegados por los militares, al convocar una sesión especial del Parlamento sobre el asunto.

Pocos en Birmania consideraron probable un golpe de Estado, dado el poder del Tatmadaw. No fue hasta finales de enero cuando la amenaza se tomó más en serio, después de que un portavoz militar se negara a descartar esa medida si no se abordaban los cargos de fraude electoral.

Los analistas vieron la medida como una postura para presionar a la Liga Nacional para la Democracia (LND) para que hiciera concesiones políticas para mejorar el desempeño de los militares en las elecciones generales.

A pesar de las críticas internacionales por su apoyo al duro trato de los militares a la minoría musulmana rohinyá, Suu Kyi es tremendamente popular en Birmania y ha llevado a su partido a victorias aplastantes en dos ocasiones, primero en el 2015 y más recientemente el pasado 8 de noviembre. Aunque el propio Tatmadaw tiene garantizado el 25 % de los escaños en el Parlamento, su representante político civil, el Partido Unión, Solidaridad y Desarrollo (USDP), nunca ha podido ganar los escaños suficientes como para que ambos partidos se combinen como mayoría y formen gobierno. Eso ha frustrado las expectativas de los miembros más veteranos del Tatmadaw que aspiran a carreras en el Gobierno tras de retirarse del Ejército.

«Un precio muy alto por tan poca ganancia política» 

El nuevo gobernante militar de Birmania, el general Min Aung Hlaing, de 64 años, evitó la jubilación forzada como jefe del Tatmadaw al extender su mandato en el 2016 por cinco años. Razón por la que algunos especulan que el golpe de Estado fue diseñado para preservar el poder del general a medida que se acercaba su edad de jubilación, prevista para finales de este año.

Min Aung Hlaing también ocupa altos cargos en Myanmar Economic Holdings y Myanmar Economic Corp., el duopolio secreto de propiedad militar que ha acaparado las partes más lucrativas de la economía del país. Los dos conglomerados han sido cuestionados a través de las demandas de mayor transparencia y los llamamientos de las Naciones Unidas y de Amnistía Internacional a un boicot debido al lamentable historial de derechos humanos del Tatmadaw.

EE.UU. ya impuso sanciones a Min Aung Hlaing en el 2019 por su papel en la brutal represión contra los rohinyá, de los cuales cientos de miles han sido desplazados y aterrorizados en redadas militares.

No hay garantía de que Min Aung Hlaing pueda mantener un estado pacifico durante el Gobierno de emergencia. Los partidarios de Suu Kyi y la NLD podrían salir a la calle y provocar un derramamiento de sangre. Podrían surgir fracturas dentro del Tatmadaw. Y cualquier cambio en el sistema electoral para beneficiar las posibilidades del USDP podría terminar energizando a la oposición y deslegitimando futuras elecciones.

La cascada de resultados negativos parece un precio muy alto a pagar por tan poca ganancia política, afirmó Kim Jolliffee, analista especializada en las relaciones cívico-militares de Birmania. «No hubo ninguna amenaza para los intereses comerciales de las Fuerzas Armadas, incluso con las reformas constitucionales más ambiciosas de la NLD», indicó. «Nunca iban a lograrlas. Nada iba a cambiar. Aung San Suu Kyi los defendió en [La Haya]. Fue un obstáculo para los posibles disturbios que mantenían al Tatmadaw despierto por la noche bajo el régimen militar».

Ahora, esa salvaguardia ha desaparecido, dejando a los gobernantes del Ejército expuestos, su posición internacional hecha pedazos y su gente preparándose para lo que traerán los próximos doce meses o más.

© 2021 Los Ángeles Times. Distribuido por Tribune Content. Traducción, Lorena Maya.

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