El trumpismo después de Trump

El presidente rediseñó la ideología del Partido Republicano con mano de hierro y populismo

Donald Trump, este sábado a su salida de la Casa Blanca con ropa deportiva
Donald Trump, este sábado a su salida de la Casa Blanca con ropa deportiva

Nueva York / E. La Voz

Donald Trump tendrá que abandonar la Casa Blanca el próximo 20 de enero, pero el trumpismo podría haber llegado para quedarse, y perdurar incluso tras la salida del magnate. No en vano, el presidente se ha convertido en el segundo político más votado de la historia de EE.UU., solo superado por Joe Biden.

Más de 70,5 millones de personas eligieron la semana pasada la papeleta de Trump. Superó su anterior marca por unos ocho millones de sufragios, asegurando su base fiel -votantes blancos del ámbito rural- y espoleando la participación.

La aceptación de Trump entre el elector republicano es, además, altísima. Supera el 90 %, e incluso el 95 % entre quienes se denominan conservadores.

El magnate ha logrado, asimismo, movilizar y transformar las bases del partido en torno a una agenda, con su figura como hilo conductor, incluso con un culto a la personalidad, según parte de los analistas, con tal éxito que para muchos políticos conservadores la única manera de triunfar parece ser adscribirse a dichos postulados. 

Una base ideológica

Jeff Goodwin, un profesor de sociología de la Universidad de Nueva York, consultado por la cadena CNN, considera que las bases ideológicas del trumpismo son el conservadurismo social, que cristaliza en posiciones antiabortistas; el capitalismo neoliberal, en reclamo de menos impuestos y desregularización interna; el proteccionismo económico, y el nativismo, que cristaliza en políticas antiinmigración y el nacionalismo blanco, debido a que el presidente no condena de forma categórica a los grupos supremacistas.

Esas son las posiciones -algunas no necesariamente defendidas por los republicanos antes de la irrupción de Trump- que conducen ahora un partido transformado a la medida del magnate, que ha dirigido con mano de hierro la formación, en los últimos años, apartando a los críticos y promocionando a los leales.

Pocos políticos activos republicanos han criticado directamente la decisión de Trump de no reconocer como ganador a Joe Biden. Sí lo ha hecho el senador y excandidato presidencial Mitt Romney, pero no ha conseguido añadir más voces influyentes a su causa. El legislador ya fue el único congresista republicano que votó a favor del impeachment de Trump, y resultó marginado por ello.

Trump podría mantener esa influencia en el partido, incluso desde fuera de la Casa Blanca, mediante su altavoz en la red social Twitter. La popularidad del magnate entre la base de votantes probablemente provocará que los candidatos al Congreso que apoye Trump desde Internet sean los más votados en las primarias. El populista podría, de la misma manera, vetar a quien no le convenza. 

Volver a presentarse

El portal web Axios y el diario The Washington Post aseguran, incluso, que Donald Trump podría estar planteando presentarse a las elecciones del 2024, extremo que podría reducir aún más las voces disonantes en el partido republicano.

Los posibles aspirantes a la candidatura republicana más cercanos a los postulados del presidente, como su todavía segundo Mike Pence, la exembajadora en la ONU, Nikki Haley, y el senador Tom Cotton, deberían posponer sus aspiraciones, y quienes han mantenido distancias, sin criticar frontalmente a Trump, como el senador Marco Rubio, posiblemente esperarán un mejor momento. La primera prueba de fuego del trumpismo sin Trump tendrá lugar en enero, cuando republicanos y demócratas se medirán en las urnas en Georgia por dos puestos decisivos en el Senado, en dos balotajes convocados debido a que los candidatos no superaron el 50 % de los votos requeridos por las leyes estatales.

Las urnas en noviembre dieron como ganador a Biden en la presidencia, pero no hubo ola azul. Los demócratas, de hecho, perdieron asientos en la Cámara de Representantes y no consiguieron, a falta de conocer el resultado en la vuelta a las urnas en Georgia el 5 de enero, la mayoría en el Senado, como vaticinaban algunos analistas, demostrando la salud del presidente en las plazas que le son fieles. Los demócratas pueden tener la presidencia, pero no han acabado con el trumpismo.

El presidente intenta mantener la lealtad en la Casa Blanca con una purga incontrolada de trabajadores 

Un treintañero acérrimo defensor de Donald Trump es el nuevo hombre de negro en la Casa Blanca. Johnny McEntee, un antiguo quarterback de fútbol americano universitario que fue expulsado de la Casa Blanca hace dos años después de que una revisión de seguridad descubriera su adicción a los juegos de azar en línea, es el encargado de despedir a todos aquellos que se niegan a secundar la estrategia del aún presidente de negar la victoria en las urnas a Joe Biden, según explica The Washington Post.

McEntee fue readmitido de nuevo en el núcleo duro de la Casa Blanca en febrero y fue nombrado director de personal de todo el Gobierno de Estados Unidos. A pesar de que el escrutinio electoral no para de confirmar la condición de presidente electo a Joe Biden, McEntee ha estado distribuyendo notas rosadas, advirtiendo a los trabajadores federales que no cooperen con el equipo de transición de los demócratas y amenazando con despedir a las personas que, a su juicio, muestran deslealtad al buscar trabajo mientras Trump todavía se niega a reconocer la derrota, según confirmaron hasta seis funcionarios de la Administración al diario capitalino.

Muchos trabajadores de la Casa Blanca tienen dudas sobre si el comportamiento de McEntee -y de los leales a Trump- persigue objetivos políticos o simplemente se limita a castigar la teórica deslealtad con el presidente saliente. Los más críticos dicen que los despidos amenazan con desestabilizar amplias franjas de la burocracia federal en el frágil período durante el traspaso a la próxima Administración, al tiempo que algunas de las designaciones que está haciendo el jefe de personal del Gobierno podrían complicar los planes de Joe Biden una vez que se complete su proclamación.

El republicano sigue sin felicitar a Biden, pero abre por primera vez la puerta a la derrota 

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, estuvo cerca este viernes de admitir que perdió las elecciones del pasado 3 de noviembre ante Joe Biden, pero finalmente se limitó a señalar: «El tiempo lo dirá». Era su primera comparecencia pública en los últimos ocho días y se esperaba que el mandatario diera pistas sobre sus próximos movimientos políticos, más allá de los recursos judiciales que ha presentado contra aquellos resultados en las urnas que le perjudican.

En cualquier caso, Trump sigue sin felicitar a su rival electoral, Joe Biden, que fue declarado ganador en las urnas el sábado pasado y es el presidente electo según coinciden todas las proyecciones de los medios estadounidenses en base a resultados oficiales. De lo que sí habló en los jardines de la Casa Blanca fue de la pandemia del covid-19. «No vamos a ir a un confinamiento», prometió ante las cámaras de televisión. «Yo no iré. Este Gobierno no irá a un cierre», añadió.

Y fue precisamente ahí donde se interpretó que, con sus palabras, podía haber abierto la puerta a arrojar la toalla en su negativa a reconocer la derrota. «Con suerte, lo que pase en el futuro, quién sabe qué Gobierno será, supongo que el tiempo lo dirá», aseveró el magnate. 

Pelea en Pensilvania

Pero, a pesar de esa leve concesión, Donald Trump mantiene su estrategia de judicializar el escrutinio e insiste en que ha ganado las elecciones presidenciales en el estado clave de Pensilvania después de que dos jueces desestimaran seis demandas de su campaña, que además retiró otra querella interpuesta en Arizona.

«No nos permitieron ver 700.000 votos en Filadelfia y Pittsburgh, lo que significa, basado en nuestra gran Constitución, que ¡ganamos el estado de Pensilvania!», escribió en Twitter.

Trump se pronunció después de que un juez en el condado de Filadelfia, James Crumlish, falló sobre cinco procesos que buscaban invalidar 8.329 papeletas. La campaña de Trump alegaba presuntas irregularidades porque los votantes no escribieron su nombre debajo de su firma o no anotaron su dirección en el exterior de los sobres usados para los sufragios por correo.

El tribunal puntualizó que las papeletas llegaron a tiempo y que la Junta Electoral local no exige que los votantes escriban su nombre completo o incluyan su dirección, ya que esa información está preimpresa en los sobres.

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