Amarillo, icono de un país partido en dos

La localidad del noroeste de Texas, que vota mayoritariamente a los republicanos, representa la polarización de la sociedad norteamericana


Amarillo (Texas) / Colpisa

Amarillo podría ser una ciudad cualquiera de la América profunda. Situada en el noroeste de Texas, dos cosas la convierten en una ciudad única: la fortificada planta de Pantex, la única de Estados Unidos en la que se ensamblan y desmantelan las armas atómicas, y el Cadillac Ranch, una surrealista atracción turística compuesta por diez coches semienterrados y llenos de grafitis.

Amarillo es territorio de Donald Trump. No en vano, la ciudad linda con el condado que más le votó en este estado, que tradicionalmente ha sido republicano. No obstante, en estas elecciones podría dar un vuelco. Y Charles Kempf y Rusty Donaldson han intentado con todas sus fuerzas que así sea.

«Este ha sido siempre un lugar racista y misógino, y con Trump se ha sentido respaldado. He sufrido a clientes que no quieren saludar a un compañero porque es hispano, y a bancos que no abren sucursales en barrios de minorías para evitar darles préstamos», critica Kempf, que ha revelado diferentes escándalos de corrupción en la página web Amarillo Exposed (Amarillo al descubierto). Donaldson ha preferido llevar su guerra con los republicanos a los tribunales, en los que ha presentado diferentes querellas: dos contra lo que considera una política excluyente en el programa de viviendas sociales y una contra el material radiactivo que Pantex almacena desde la década de 1980 en condiciones desconocidas.

Contra una estatua

Sus querellas no han prosperado, pero Donaldson ya está preparando una cuarta contra la reubicación de una estatua en memoria de los soldados confederados.

Kempf y Donaldson se consideran «la resistencia de Amarillo». Han pagado caro su activismo. Sobre todo Donaldson, que fue atacado en su casa por supremacistas blancos. Le destrozaron la vivienda y le amenazaron de muerte, pero consiguió salir indemne. «Apunté la matrícula del coche en el que iban y la Policía me dijo que era alquilado. Saben quién lo alquiló, pero no quieren proporcionar esa información. Así funcionan las cosas en Amarillo», cuenta con una carcajada sarcástica frente a la estatua que quiere derribar.

J. T. Haynes está en el bando contrario. En su oficina tiene varios carteles en apoyo de Trump, reconoce que posee 50 armas que adora y se reconoce abiertamente contrario al aborto. Sonríe malicioso cuando se habla de Biden como fuente de cambio: «Lleva 47 años en política. ¿Qué va a cambiar? ¿Lo que él mismo ha construido?». Para este empresario, propietario de Triangle Realty, el verdadero cambio llega de la mano de Trump. «No es cierto que con él los ricos sean cada vez más ricos. Aquí, por ejemplo, las petroleras engordaban sin parar cuando el barril estaba a cien dólares. A 40 no hacen tanto dinero, pero siguen creando empleo por la política de Trump para acabar con la deslocalización. Y yo, que también estoy en el sector agrícola, puedo asegurar que nos hemos visto beneficiados por los aranceles a China», sentencia Haynes.

Haynes es profundamente religioso, como la mayoría de los republicanos. De hecho, asegura que destina el 10% de sus ingresos a la Iglesia. Sin embargo, pagar impuestos le duele más. «No estoy de acuerdo con quitarles el dinero a quienes hacen bien las cosas para dárselo a quienes no quieren trabajar», afirma.

No portar armas en el sermón

El sacerdote de la Primera Iglesia Baptista de Amarillo, Howard K. Batson, no tiene problemas de fondos. Su templo maneja un presupuesto de casi siete millones de dólares y rebosa lujo, pero es consciente de que los sintecho son cada vez más. Batson apoya la libertad a la hora de portar armas y de utilizarlas en casos de defensa propia, «no que la gente venga armada al sermón», y a decidir si se lleva mascarilla o no. «Yo predico la santidad de la vida, que es muy importante para mí, pero no digo que se vote a los republicanos», concluye.

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