«Quid pro quo»


Sabíamos que en Estados Unidos los puestos de embajador se compraban -es legal, el presidente suele nombrar para algunos de estos cargos a personas que han dado dinero a su campaña-. Lo que no sabíamos es que era tan caro. Por ejemplo, Gordon Sondland, el embajador de Trump ante la UE, recibió el puesto como premio por haber donado un millón de dólares para la toma de posesión de Donald Trump.

Esta semana le tocó testificar ante la comisión parlamentaria que investiga al presidente por el llamado escándalo ucraniano, y su testimonio giró en torno al latinajo quid pro quo, «esto a cambio de esto otro». No se refería a su propio nombramiento, sino al trato que, supuestamente, hizo Trump con el presidente de Ucrania: ayuda militar y una reunión oficial entre los dos a cambio de que Ucrania investigase un posible caso de corrupción del candidato demócrata Joe Biden y su hijo Hunter en ese país. 

Según los medios, la declaración del embajador Sondland el miércoles, como el jueves la de una asesora de la Casa Blanca, Fiona Hill, han sido «explosivas». La realidad es menos dramática. Hill dejó clara su opinión de que Trump es un irresponsable en política exterior, algo que ni es un secreto ni es la razón por la que se le juzga.

En cuanto a Sondland, lo que ha dicho es que está convencido de que hubo un quid pro quo entre Trump y el presidente Volodimir Zelenski, pero que solo puede confirmar que consistió en la promesa de invitarle a la Casa Blanca. Que la ayuda militar estaba incluida en el trato es solo algo que solo «supone». No deja de ser un quid pro quo, pero los demócratas saben que no será suficiente para hacer que ningún senador republicano vote por la destitución de Trump, y son muchos los que tendrían que hacerlo para que Trump fuese finalmente destituido.

Lo que no quiere decir que el testimonio de Sondland no sea dañino para Trump. Lo es, pero solo porque su defensa se ha empeñado en un argumento que no se sostiene: el de que no hubo quid pro quo de ninguna clase. Es un error, no solo porque resulta evidente que sí lo hubo, sino también, más cínicamente, porque en el fondo eso da igual. El intercambio de favores entre Gobiernos no es delito, como tampoco lo es que Trump quisiera investigar un posible caso de corrupción que implica a un exvicepresidente norteamericano. Por supuesto, solo un ingenuo creería que, al actuar así, Trump pensaba en el bien del país y no el suyo propio, pero el hecho es que no es ilegal. Además, está el hecho de que al final no hubo tal investigación y que la ayuda militar llegó igualmente a Ucrania.

Estas son las cosas que hacen que la acusación de los demócratas tenga tan pocas posibilidades de prosperar. La torpe defensa de Trump, sin embargo, les está proporcionando el premio de consolación de poder arrastrar el nombre del presidente una vez más por el lodo. El problema es que esto se ha venido haciendo ya durante cuatro años y está por ver que sirva para tumbar a Trump en las elecciones.

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