«Los drones son nuestros nuevos machetes»

Los guardianes de la selva amazónica combaten la tala ilegal con tecnología


Buen Jardín del Callarú (Amazonas peruano)

La pequeña embarcación avanza, solitaria, por el Río Callarú, uno de los numerosos afluentes del Amazonas en la triple frontera entre Perú, Colombia y Brasil. Una majestuosa vegetación, que parece no tener fin, se abre a ambos lados del torrente.

Solo el ruido del pequeño motor perturba la monumental orquesta de la selva. Pájaros e insectos ejecutan su particular melodía, impertérritos ante el paso de la embarcación.

Tras un recodo, aparece una pequeña comunidad de casas de madera, elevadas del suelo para evitar inundaciones en época de lluvia. «Bienvenidos a Buen Jardín», dice Miguel Rivera, el conductor de la embarcación. La pequeña aldea es su hogar y el de otros 250 indígenas peruanos tikuna. Nada más llegar, Miguel sale a patrullar la selva con Pablo García, ex Apu -líder de la comunidad- y respetado poblador de Buen Jardín. Después de unos 40 minutos de travesía a pie, entre frondosa vegetación y pequeños sembradíos, los tikuna se detienen, y sacan unos pequeños bolsos. «Este es nuestro nuevo machete», anuncia Pablo, abriendo cuidadosamente la cremallera. Del negro bulto aparece un elemento tecnológico que contrasta con la imagen de la anciana selva: un pequeño dron.

Los tikuna de Buen Jardín han sido adiestrados en el uso de los dispositivos voladores para proteger su territorio de la tala ilegal, ejecutada por madereros y narcotraficantes, al ser esta parte del Amazonas una zona cocalera. «Esta selva es el pulmón del mundo, y por eso nosotros, que vivimos acá, entre los árboles, tenemos que protegerla», dice García, mientras vuela uno de los drones. El dispositivo, equipado con GPS, se controla con unos mandos conectados a un smartphone donde los indígenas, entrenados por la ONG Rainforest Foundation, pueden ver en tiempo real las imágenes captadas por el aparato. Así descubren posibles invasiones o talas ilegales en su territorio. Cuando detectan un terreno en proceso de desmonte, toman fotografías del lugar, e informan a las autoridades pertinentes.

El año pasado encontraron a un vecino de una comunidad anexa cortando árboles. Destrozó varias hectáreas. Fueron a hablar con él y se encontraron con un ambiente hostil. No es fácil ser guardián de la selva en un entorno controlado por el narcotráfico.

«Hemos sido amenazados de muerte. Nos decían que nos iban a matar. Que nos iban a hacer brujería… Pero nosotros tenemos que buscar aliados. Dialogar, conversar, y entendernos mutuamente para que comprendan que no somos sapos (chivatos) ni informantes de la DEA», apunta García, refiriéndose a la agencia antidroga de EE. UU.

En aquella ocasión, el fiscal de Medio Ambiente de Loreto llegó a personarse en Buen Jardín y tomó nota del espacio invadido. El vecino no volvió a aparecer por el lugar. Pero otros volverán a intentarlo en un territorio abandonado por el Gobierno peruano. El ejército erradicó las plantaciones de coca de la zona en 2014 y 2015, pero han vuelto a aflorar.

«El Estado jamás nos apoya aquí con medicina, escuelas y educación. Y entonces, con estas plantaciones ilícitas, los comuneros ven cómo mandar a sus hijos a una universidad, porque el Gobierno no ayuda», señala García, que, tras la erradicación de hace cuatro años, decidió dedicarse al cacao y al plátano, pero asegura que no da el dinero suficiente para vivir. Está, eso sí, decidido, como la mayoría de su comunidad, a evitar que la selva desaparezca, como ha ocurrido en comunidades vecinas.

«Al talar los árboles estamos quitando una vida en nuestro territorio. Si talamos mil árboles grandes, ya no tenemos protección del sol. Y ahora uno camina por otras comunidades que son pura pampa, y tienen un calor que te revienta hasta el cerebro, que no se puede aguantar», explica, ante la atenta mirada de Miguel Rivera. «Tenemos que tener en cuenta que nuestros hijos crecen. ¿Qué van a respirar los que ahora son niños si talamos los árboles?», se pregunta el guardián de la selva, que ha aprendido a usar drones para evitar la deforestación de su territorio.

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