Grietas en el Taj Mahal

El mayor símbolo de amor del mundo se resquebraja. Como la India


En el Taj Mahal, el monumento más característico de la India, han aparecido grietas. Los minaretes que rodean el palacio-mausoleo se inclinan progresivamente como la Torre de Pisa y el palacio mismo se hunde lentamente como Venecia. No hace mucho, un viento fuerte provocó la caída de una torre. La causa de todo esto está en los pilares de madera que sostienen el edificio. El arquitecto persa que lo ideó en el siglo XVII contaba con el que el río Yamuna, que fluye desde el Himalaya y los baña, los protegiese. Pero el Yamuna ha ido perdiendo caudal y está mortalmente contaminado, y los troncos de caoba y ébano han empezado a pudrirse como manzanas. Mientras, en el exterior, el que fue mármol blanquísimo del Rajastán amarillea a causa del dióxido de azufre que flota en el aire, proveniente del aliento de las industrias que rodean la ciudad de Agra.

Es paradójico que el Taj Mahal esté muriendo, porque la idea era que proclamase la eternidad del amor. El emperador mogol Shah Jahan lo hizo construir para enterrar en él a su amada segunda esposa, Mumtaz, que había fallecido al dar a luz una niña. Un millar de elefantes trajeron el mármol desde Makrana. El jaspe vino del Punjab y el jade de China. Veinte mil obreros participaron en la obra, de albañiles a calígrafos, los mejores en sus especialidades, y una leyenda apócrifa dice que el emperador les hizo luego cortar las manos para que no volviesen a hacer nunca nada igual. El resultado es el mausoleo más grande y hermoso jamás levantado, con su cúpula que flota en el azul del cielo y sus torres blancas que son como los alfiles de las blancas del ajedrez. Es la versión edificada de ese verso de Dylan Thomas que dice que «la muerte no tendrá dominio», una lágrima de mármol en la mejilla del tiempo, como escribió Rabindranath Tagore en un poema. Así es el poema completo: «Tú sabes, Shah Jahan, que vida y juventud, riqueza y gloria, todo eso se desliza en la corriente del tiempo. Por eso luchaste solo para perpetuar la pena de tu corazón. Que el esplendor del diamante, la perla y el rubí se desvanezcan. Que solo sobreviva esta única lágrima, brillando sin mancha en la mejilla del tiempo, por siempre y para siempre».

No ha brillado sin mancha. El Taj Mahal ha sufrido las mismas peripecias que la India. El Jat de Bharatpur arrancó el escudo de oro de la cripta y los candelabros de plata y ágata. Los ingleses se llevaron las piedras preciosas incrustadas en las paredes y utilizaron el palacio para fiestas suntuosas, olvidando que es una tumba. Esta diadema de la India ya era un reflejo del país, con su mezcla de arquitectura hindú, caligrafía musulmana y esos jardines que, reconstruidos por los colonizadores, son de estilo inglés. Sigue siendo un reflejo, porque los problemas del Taj Mahal son los de la India. Millones de personas lo visitan cada año, una presión demográfica excesiva; la falta de agua y la contaminación lo están destruyendo; la deforestación expone la fachada a los vientos que la desgastan como una lija; la burocracia hace difícil resolver sus problemas.

Esta relación intensa entre un país y su monumento tiene sus ventajas. Para que mejore la salud del Taj Mahal es necesario tomar las mismas medidas que para mejorar la salud de la población. Se ha empezado a limitar la contaminación en la región y se está haciendo un esfuerzo por limpiar y fortalecer el curso del Yamuna. En torno al monumento, voluntarios han empezado a plantar árboles. Todavía es pronto para saber si será suficiente. Pero una cosa parece clara: si se salva el Taj Mahal, querrá decir que también se ha salvado la India.

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