Buscando la culpabilidad en los detalles

Los demócratas han descuidado la oposición convencional a las políticas de Trump y lo han jugado casi todo a esa carta del «impeachment»


Ayer se difundía el esperado informe Mueller, la investigación sobre una posible colusión de la campaña de Donald Trump en el 2016 con Rusia para influir en el resultado electoral, y en todas las grandes cadenas norteamericanas había un panel de abogados esperando a abalanzarse sobre los cuatrocientos folios. Querían encontrar en ellos, en un tiempo récord, algo que corrigiese el mal sabor de boca que ha dejado entre los demócratas y los medios de comunicación la publicación de las conclusiones preliminares el mes pasado. En aquellas, Mueller reconocía que no había encontrado pruebas de colusión con Rusia. Plantaba, sin embargo, un regalo envenenado para Trump: sobre otra alegación distinta, la de haber intentado obstruir la investigación misma, el ponente decía que ni le acusaba ni le exoneraba, que ni sí ni no. Por eso había una gran expectación ante la publicación de los detalles de la investigación de Mueller, porque en esos detalles podría hallarse una base que permita retomar esa acusación.

Los demócratas creen que esto es vital para ellos. Han invertido tanto tiempo y recursos en atacar este flanco de Trump que su exoneración completa le proporcionaría una baza importante para su reelección en el 2020. Convencidos de que podían tumbarle en los despachos, los demócratas han descuidado la oposición convencional a las políticas de Trump, lo han jugado casi todo a esa carta del impeachment y, si eso falla ahora, las elecciones les sorprenderán con los deberes sin hacer. Su única esperanza es citar a Mueller ante el Congreso, lo que ya han hecho, y ver si le pueden hacer decir algo que permita procesar a al presidente.

 Es probable que Mueller, bastante hostil a Trump, se preste a ello. Él tiene su propia interpretación de lo que constituye «obstrucción a la justicia», una interpretación polémica que la mayoría de los juristas rechazan, pero que seguramente adoptarán con entusiasmo los demócratas. Si ellos quieren, podrán llevar a Trump al impeachment, porque para eso basta con una mayoría en la Cámara de Representantes, de la que los demócratas disponen. Pero para condenar a Trump sería necesaria la cooperación de algunos senadores republicanos, algo que no ocurrirá a menos que la acusación sea realmente sólida. Por eso es más fácil suponer que los demócratas ya no aspiran a la revocación del mandato de Trump, y que les basta simplemente con mantener viva la polémica en torno a este asunto. 

Mientras tanto sigue su camino otra investigación de la que se habla mucho menos, pero que también promete material para el debate. En este caso, la dirige el inspector general del Departamento de Justicia Michael Horowitz e indaga si Barack Obama ordenó al FBI espiar ilegalmente la campaña de Trump en el 2016 para incriminarle. Sus conclusiones proporcionarán, seguramente, material para un contraataque de Trump contra los demócratas. Así que todo apunta a que, en buena parte, las elecciones del 2020 no las van a librar los políticos sino sus abogados. Desgraciadamente.

Trump intentó despedir a Mueller y coartar la investigación del Rusiagate

Carlos Pérez Cruz
El fiscal especial Robert Mueller, a su llegada la noche del miércoles a su oficina en Washington
El fiscal especial Robert Mueller, a su llegada la noche del miércoles a su oficina en Washington

El fiscal indagó diez casos de posible obstrucción a la justicia por el presidente

Al conocer el nombramiento de Robert Mueller como investigador del Rusiagate, Donald Trump estalló: «Dios mío. Es terrible. Es el final de mi presidencia. Estoy jodido». Ayer, casi dos años después, celebró estar teniendo «un buen día». El presidente festejaba así la publicación censurada del informe del fiscal especial de la trama rusa, el mismo en el que se recoge su desconsuelo. Un informe de cuya lectura difícilmente se concluye el Game over que Trump tuiteó para dispersar la nube legal que sigue ensombreciendo su presidencia. 

Casi un mes después de que el fiscal general de EE.UU., William Barr, expusiera sus conclusiones sobre el informe, la sociedad estadounidense pudo acceder a una visión más completa y compleja, aunque parcialmente censurada por motivos legales: la del propio Robert Mueller. Barr determinó en marzo que Trump no había conspirado con Rusia ni obstruido a la justicia. Fue su resumen en tres folios y medio de las más de cuatrocientas páginas del documento original. Ayer volvió a reafirmarse en una rueda de prensa en la que por momentos pareció actuar en calidad de abogado del presidente. Trump «estaba frustrado y furioso por su sincera convicción de que la investigación estaba socavando su presidencia». Con este argumento, William Barr buscó contextualizar los hasta diez casos de posible obstrucción a la justicia analizados por Mueller.

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