Trump intentó despedir a Mueller y coartar la investigación del Rusiagate

El fiscal indagó diez casos de posible obstrucción a la justicia por el presidente

El fiscal especial Robert Mueller, a su llegada la noche del miércoles a su oficina en Washington
El fiscal especial Robert Mueller, a su llegada la noche del miércoles a su oficina en Washington

Washington / E. La Voz

Al conocer el nombramiento de Robert Mueller como investigador del Rusiagate, Donald Trump estalló: «Dios mío. Es terrible. Es el final de mi presidencia. Estoy jodido». Ayer, casi dos años después, celebró estar teniendo «un buen día». El presidente festejaba así la publicación censurada del informe del fiscal especial de la trama rusa, el mismo en el que se recoge su desconsuelo. Un informe de cuya lectura difícilmente se concluye el Game over que Trump tuiteó para dispersar la nube legal que sigue ensombreciendo su presidencia. 

Casi un mes después de que el fiscal general de EE.UU., William Barr, expusiera sus conclusiones sobre el informe, la sociedad estadounidense pudo acceder a una visión más completa y compleja, aunque parcialmente censurada por motivos legales: la del propio Robert Mueller. Barr determinó en marzo que Trump no había conspirado con Rusia ni obstruido a la justicia. Fue su resumen en tres folios y medio de las más de cuatrocientas páginas del documento original. Ayer volvió a reafirmarse en una rueda de prensa en la que por momentos pareció actuar en calidad de abogado del presidente. Trump «estaba frustrado y furioso por su sincera convicción de que la investigación estaba socavando su presidencia». Con este argumento, William Barr buscó contextualizar los hasta diez casos de posible obstrucción a la justicia analizados por Mueller.

La realidad es que la investigación deja abierta la puerta a un posible delito de obstrucción a la justicia. El informe detalla que «si tuviéramos la confianza (…) de que el presidente claramente no cometió obstrucción a la justicia, lo diríamos. Basados en los hechos, somos incapaces de llegar a esa conclusión». Barr, lejos de la indefinición, exonera al presidente, aunque ante los medios reconoció que estaba en «desacuerdo con algunas de las teorías legales» de Mueller al respecto de qué puede considerarse obstrucción.

«Es el final de mi presidencia», dijo el magnate tras conocer quién iba ser el fiscal especial El fiscal especial va incluso más allá al asegurar que el presidente intentó «influir en la investigación», pero que su empeño fue infructuoso «en gran medida porque las personas que rodeaban al presidente se negaron a ejecutar sus órdenes o acceder a sus peticiones». Por ejemplo, a la de despedir al propio Mueller, orden que Don McGahn, uno de los exconsejeros de la Casa Blanca, se negó a ejecutar.

 Solo vínculos

Respecto al Rusiagate, el equipo de Mueller logró identificar «numerosos vínculos entre individuos con lazos con el Gobierno ruso e individuos asociados con la campaña de Trump». Sin embargo, los investigadores consideran que «la coordinación requiere de un acuerdo, tácito o expreso» que no han logrado determinar. Descartada la coordinación, el informe deja claro que «el Gobierno ruso percibió que se beneficiaría de una presidencia de Trump y trabajó para asegurar ese resultado, y la campaña [del magnate] esperaba beneficiarse electoralmente de la información robada [al Partido Demócrata y a Hillary Clinton] y divulgada a través de los esfuerzos rusos». Esfuerzos que, según William Barr, se explican en la campaña de desinformación en redes y en el hackeo a los demócratas.

Los demócratas ya han solicitado formalmente la comparecencia de Robert Mueller en el Congreso, algo a lo que el fiscal general dijo no poner impedimentos.

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