Antisemitismo, exageraciones y realidades

Las denuncias se cuelan en la lucha política tras el debate abierto por la congresista estadounidense Ilhan Omar y las deserciones en el Partido Laborista británico

Ilhan Omar, única parlamentaria que lleva el velo islámico y una de las dos primeras mujeres musulmanas del Congreso estadounidense
Ilhan Omar, única parlamentaria que lleva el velo islámico y una de las dos primeras mujeres musulmanas del Congreso estadounidense

La Cámara de Representantes de Estados Unidos votó le jueves una resolución agónica condenando el antisemitismo. Agónica, porque los demócratas se vieron obligados a presentarla para contrarrestar el escándalo de las declaraciones de una de sus congresistas, Ilhan Omar, que se interpretaron como antisemitas. Pero muchos dentro del partido se resistían a condenar a Omar, así que al final lo que se votó fue una censura genérica del antisemitismo, la islamofobia y demás formas de discriminación. Es una solución de compromiso que revela hasta qué punto el sector más joven y radical del Partido Demócrata -al que Omar pertenece- ha ganado peso. Vuelve así, además, a ponerse el foco en el antisemitismo, del que también se habla en Europa, especialmente en Gran Bretaña. Allí el Partido Laborista, igualmente dominado por su corriente radical, se ve acusado regularmente de antisemitismo y esta es una de las razones aducidas en una reciente escisión. En unos casos y otros, los activistas se defienden alegando que lo único que hacen es criticar al estado de Israel.

Lo cierto es que se trata de un debate en el que todos tienen algo de razón: la mayor parte de lo que se denuncia como antisemitismo son, efectivamente, críticas al Estado de Israel; también es cierto que, en la izquierda dominada por el nuevo identitarismo, ese antisionismo puede derivar en antisemitismo. Mientras tanto, en la derecha, que hace mucho que había abandonado el antisemitismo, este asoma ligeramente en algunos discursos del nuevo populismo. Pero su importancia a menudo se exagera. Como es fácil imaginar, la lucha política tiene mucho que ver con ello. El antisemitismo es una acusación extremadamente grave y la tentación de utilizarlo como arma arrojadiza es a veces irresistible. 

La denuncia de Ilhan Omar

¿Qué es lo que ha dicho Ilhan Omar para incurrir en esta acusación? Tres cosas: que el mundo está «hipnotizado» por Israel, que los políticos norteamericanos están comprados por el dinero del lobby israelí y que los judíos norteamericanos son más leales a Israel que su país. Los defensores de Omar aseguran que las tres afirmaciones van dirigidas contra Israel y que son, al menos en parte, ciertas. Sus críticos, sin embargo, señalan que son la versión moderna de tres tópicos antisemitas que presentaban históricamente a los judíos como embaucadores, usureros y cosmopolitas desleales. La ironía es que aquí Ilhan Omar es víctima, en alguna medida, de un estado de opinión que el activismo radical de izquierda que ella representa ha ayudado a crear. La obsesión por el lenguaje de lo «políticamente correcto» y el constante escrutinio de la sociedad en busca de «prejuicios invisibles» se aplican ahora también a su discurso, con lo que afirmaciones harto discutibles, pero no necesariamente antisemitas, como las de Ilhan Omar, se vuelven sospechosas de algo más grave. 

Pero el problema no termina ahí. Aunque quienes ven antisemitismo en todas partes exageren, sí es cierto que este ha crecido últimamente, tanto en la izquierda como en la derecha populista. En el caso de la izquierda, la razón principal es el auge de la llamada política de la identidad, que, al poner el énfasis en la raza para definir un mundo de víctimas y opresores, ha revivido un discurso que se acerca peligrosamente al racismo. Esto se agrava en el Partido Laborista británico, donde muchos militantes de origen musulmán tienden a colocar a Israel y las comunidades judías en el centro de todos los conflictos internacionales.

El caso de la derecha es también llamativo. El antisemitismo, que fue una tara recurrente en el pensamiento conservador y nacionalista europeo, se vio sustituido en las últimas décadas por un repentino entusiasmo por Israel, percibido como un bastión frente al empuje del islam, como una Esparta occidental que usa la fuerza sin complejos contra sus enemigos. Aunque siguen existiendo grupúsculos neonazis que practican el antisemitismo, son marginales. Sin embargo, también esto está cambiando, como puede verse en la derecha húngara o un sector de los chalecos amarillos franceses, entre los que a veces asoma una retórica muy desafortunada. La causa, aquí, es el discurso antiglobalización y anticapitalista del populismo de derecha, que ha hecho resucitar viejas teorías de la conspiración. Muchas de esas teorías tienen como centro de la diana al financiero húngaro-norteamericano George Soros, prototipo del globalista millonario. La circunstancia, casual e irrelevante, de que Soros sea de origen judío se presenta como confirmación de lo que en realidad es un prejuicio -si uno busca financieros de cualquier condición, los encontrará-. Es uno de los peligros, uno más, de la obsesión contemporánea por la identidad y el agravio.

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