La CSU, a tres días de perder el control total que ejerce en Baviera desde 1957

Las encuestas pronostican que la rica región alemana será gobernada en coalición

El cartel caído del candidato de la CSU prefigura el retroceso que le espera el domingo
El cartel caído del candidato de la CSU prefigura el retroceso que le espera el domingo

berlín / corresponsal

A tres días de las elecciones en el land de Baviera, la formación satírica Die Partei, que se traduce como El Partido, provocaba con uno de sus carteles de campaña. En él aparece su candidata, Andrea Kübert, con el rostro cubierto de sangre, mientras en una mano sostiene la cabeza decapitada de Markus Söder, representante de la Unión Socialcristiana bávara (CSU) y jefe del Ejecutivo en ese próspero Land ubicado en el sureste de Alemania. El Partido, fundado por los editores de la revista de humor Titanic con el objetivo de ridiculizar a la clase política, no va desencaminado. Según los últimos sondeos publicados ayer por varios medios, la CSU, formación hermanada desde hace casi 70 años con la CDU que dirige Angela Merkel y socio de la misma en el Ejecutivo de gran coalición, se sitúa por debajo del 33 % de intención de voto, su mínimo histórico.

Solo un milagro podría evitar que los socialcristianos pierdan el domingo su bastión, Baviera, que gobiernan desde 1957 de forma ininterrumpida y casi siempre con mayoría absoluta, y donde en 2013 obtuvieron el 47,7 % del respaldo. Su declive se ha producido de forma paralela al repunte de Los Verdes, que se sitúan en segunda posición con el 18,5 % de apoyos, y del ultraderechista AfD, que con entre el 10 % y el 12,8 %, aspira a quedar tercero. Por su parte, los socialdemócratas del SPD logran casi el 11 % de respaldo, el mismo que los Freie Wähler (Votantes Libres). En última instancia, los liberales del FDP entrarían por los pelos en la Cámara bávara, con el 6 %, mientras que La Izquierda no llegaría al 5 % necesario.

El deterioro de la CSU en la región que desde tiempos inmemoriales se identifica con el conservadurismo y el cristianismo tiene que ver con el cambio de prioridades del electorado. En un momento en el que Baviera, con un PIB per cápita de 45.810 euros y sede de gigantes empresariales como BMW, roza el pleno empleo, la industria ha pasado a segundo plano. Conscientes de que más del 60 % de la población bávara es rural, los ecologistas han capitalizado las protestas contra varios proyectos de construcción de carreteras, polígonos e incluso la ampliación del aeropuerto de Múnich.

El otro factor decisivo es que la mayoría de los 1,2 millones de refugiados que han entrado a Alemania desde 2015 lo han hecho por Baviera, que a principios de año registró un 12,6 % de extranjeros. Ello ha dado alas a la xenófoba AfD, que cuenta con representación en todos los Estados federados que han votado desde que estalló la crisis migratoria y logró colarse en el Bundestag tras las generales del pasado septiembre.

Plebiscito para Seehofer

El partido ya ha marcado la agenda política al conseguir que la CSU, por temor a sufrir una sangría, plagiara parte de su discurso. Es el caso, sobre todo, del líder de la formación y titular alemán del Interior, Horst Seehofer, quien ha criticado a Merkel por la acogida de refugiados y que desde junio protagonizó varios órdagos, amenazándola con romper la gran coalición si no endurecía el asilo.

Pero el tiro le ha salido por la culata. Seehofer se la juega en estos comicios que, en parte, son vistos como un referendo sobre su gestión en el ámbito nacional y que podrían implicar el fin de su carrera. Aunque también para Söder, que más joven que él, lleva tiempo preparándose para sucederle y propinándole golpes por la espalda. El primer ministro bávaro ha culpado de la pérdida de apoyos al Gobierno central, en especial a Merkel y al propio Seehofer, en lugar de entonar un necesario mea culpa.

El declive de los conservadores ha ido en paralelo al fuerte repunte de Los Verdes

Los socialistas siguen cediendo terreno y pueden quedar por detrás del xenófobo AfD

Ensalada de alianzas y cordón sanitario contra los ultras

De cumplirse los pronósticos, se produciría una fragmentación del hemiciclo en Baviera, que pasaría de cuatro a siete grupos parlamentarios. Pero además, obligaría a la CSU a formar una coalición, una opción que prefieren el 71 % de los votantes. «No expresamos favoritismos. El objetivo es un Ejecutivo estable para mantener el fenomenal expediente de la Unión Socialcristiana», declaró Joachim Herrmann, ministro bávaro del Interior.

No obstante, el partido tiene las manos atadas. Sobre todo, porque seguramente la matemática no le permita unir fuerzas solo con su aliado natural, el FDP, como ya hizo en 2008. Lo único que adelantó Herrmann es que la CSU no buscará una alianza ni con La Izquierda ni con AfD, del que se desmarcó a raíz de la ola de violencia xenófoba desatada en agosto en varias ciudades del este del país.

Los Verdes, el SPD, el FDP y los Freie Wähler, formación local y euroescéptica que apuesta por devolver el poder a las autoridades bávaras, sumarían el 46 % del apoyo, a juzgar por las encuestas actuales. Un porcentaje que, en teoría, basta para forjar una alianza dejando de lado a la CSU y a AfD, la Bestia Negra a la que todos imponen un cordón sanitario. Aunque al situarse estos cuatro partidos en extremos opuestos del tablero político, esta fórmula parece poco probable.

Así es que, a día de hoy, los analistas vaticinan que los socialcristianos y los ecologistas gobernarán juntos, pues es la única pareja con mayoría estable. En tal caso, Los Verdes no van a permitir que la CSU siga impulsando su viraje a la derecha. Por eso, pese a que a primera vista cualquiera diría que un varapalo a la formación de Söder y Seehofer en Baviera lo es también para la canciller alemana, en realidad podría beneficiarla.

Sin duda, el castigo de los votantes a la CSU puede interpretarse como un rechazo a su discurso antiinmigración y una defensa de la acogida de Merkel, que recibiría un balón de oxígeno en un momento en el que está cuestionada y muchos correligionarios especulan con su sucesión. Eso sí, a largo plazo el relevo de poder en su formación hermana quizás entrañe otros desafíos y agrave aún más la crisis del bipartidismo.

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