Dulces de Damasco

Es triste que a un país se le mueran en el exilio sus poetas, pero también lo es que se le mueran sus chocolateros


Redacción

Estaba en Damasco y Nada, que me hacía de guía, me mostró en el 4 de la calle Abu Rummaneh, en el barrio más elegante de la capital, la chocolatería Ghraoui, como si fuese uno más de los monumentos de la ciudad. Lo era. Dentro, unas dependientas de uniforme servían con espátulas de plata los famosos chocolates Ghraoui y las fawakih mujaffafa, las frutas confitadas que se empaquetaban en cajas octogonales plateadas. Yo ya había oído hablar de esta famosa dulcería. Eran los tiempos en los que todavía no había guerra y en los grandes aeropuertos, en París o en Londres, podías reconocer fácilmente a la burguesía siria de viaje por sus bolsas de color naranja, que era el color de los chocolateros Ghraoui de Damasco.

Los Ghraoui había comenzado en el siglo XIX vendiendo azúcar, té y frutas, pero después de una visita a Francia en los años treinta, Sadek Ghraoui había decidido introducir el chocolate en Oriente Medio. Se llevó con él a un experto francés, al que tuvo doce años vigilando la calidad del producto y, como, al principio, el chocolate no llamaba demasiado la atención, incluía en el envoltorio un detallito bañado en plata o en oro (una moneda, unas tijeritas), hasta que, con el tiempo, triunfó su chocolate con almendras presentado en finas cajas de madera importadas de Austria. Ghraoui vendía en Harrods de Londres y en Fauchon y Hédiard en París, y llegó a ser proveedor de la reina de Inglaterra. Tanto éxito tuvo que la fábrica de chocolates y confituras se la expropiaron y nacionalizaron dos veces, para resurgir tozudamente bajo la supervisión del hijo, Bassam. Y sin embargo no pudo con la guerra del 2011. Su fuente de materia prima estaba en una zona y las tiendas en la otra, y al final tuvo que cerrar. Hace seis años los Ghraoui se exiliaron en París y más tarde en Budapest.

Ahora me entero, tarde, del fallecimiento de Bassam Ghraoui, el famoso chocolatero de Damasco. Ha muerto en el destierro en Hungría, donde intentaba reconstruir su marca de dulces lejos de la amargura de la guerra. Es triste que a un país se le mueran en el exilio sus poetas, pero también lo es que se le mueran sus chocolateros. Sobre todo, porque Ghraoui simbolizaba Damasco, que es a la vez sofisticada y natural, dulce como una fruta confitada. Solo en los altos de Zabadani crecían las manzanas pequeñitas perfumadas, del tamaño del puño de bebé, que eran uno de sus productos estrella; solo en los huertos de Ghouta se recogían los albaricoques minúsculos, las berenjenas y los higos, cuando todavía eran muy pequeños, para luego hervirlos en jarabe de azúcar y secarlos al sol. El secreto de Ghraoui era este de la anticipación: las nueces, por ejemplo, se recogían antes de que la cáscara tuviese tiempo de madurar y se conservaban en azúcar para poder comérselas sin pelar.

No sé si todavía florecen los almendros en Ghouta y si todavía dan fruto sus nogales. La zona ha sido un campo de batalla durante siete años y sus huertos están contaminados por el gas tóxico militar que empleó el gobierno en su reconquista. Tampoco creo que nadie se preocupe de recoger las manzanas enanas de Zabadani en las montañas alrededor de la capital, donde se han enfrentado estos años Hezbolá y los yihadistas. Su olor ya no perfuma el chocolate de la capital. Los países en guerra se mueren cada día, cada día pierden algo para siempre. Y ahora son los chocolates y las frutas confitadas de Ghraoui, que probablemente ya no volverán. Quizá no estaban entre las cosas más importantes, pero sin ellas Damasco tendrá aún más difícil algún día volver a ser Damasco.

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