Hipercongelación en Siberia

Oimiakón, el pueblo más frío del mundo, llega a los -65 grados, un valor que ni los habituados a climas extremos resisten


redacción / la voz

Hay ocasiones que dejan claro que las excepciones pueden convertirse en regla. Es el caso de Oimiakón, el pueblo ruso que vive sometido a las temperaturas más bajas del mundo. Acostumbrados a que lo cotidiano sea que el mercurio ronde los 30 grados bajo cero, lo que están viviendo los casi mil habitantes de esta localidad del este de Siberia es inaudito. Tienen garajes con calefacción, sus aseos están fuera de casa por el riesgo de congelación de las tuberías y trabajan durante horas para dar sepultura a sus muertos en el permafrost. Pero los menos 65 grados no dan tregua ni a los más habituados al frío extremo: ya hay dos muertos por hipotermia y el riesgo de que esta cifra aumente es elevado. «Nadie puede resistir un par de horas a menos treinta grados si no está preparado, imagínate a esas temperaturas, moriría en minutos», explica el catedrático en Fisiología de la UDC, Javier Cudeiro.

En Oimiakón saben lo que es el frío. Saben que duele. Y saben lo difícil que es hacer vida normal cuando el mercurio se rompe -literalmente-, situación que se repitió de nuevo ayer. Llevar gafas es inconcebible en sus duros inviernos, pues se pegan al instante a la piel. Nadie deja su coche apagado porque jamás podría volver a encenderlo y el uso de lápices es mucho más común que en otras zonas porque la tinta de los bolígrafos se solidifica. Una odisea si se piensa desde esta esquina del noroeste peninsular. Sin embargo, el hábito a veces hace al monje, y los niños solo dejan de ir al colegio días como los de esta semana, cuando las temperaturas están por debajo de los 52 grados bajo cero.

Adecuación limitada

«Si una persona se expone durante un tiempo prolongado a valores extremos como los que viven los siberianos, sus condiciones homeostáticas se adecúan, pero con límites. Desde luego, vivir a 65 grados bajo cero no es viable para ningún ser humano a la intemperie, tienes que utilizar prendas exteriores especiales, y aún así hay riesgos», puntualiza Cudeiro. Además, añade: «Nuestro sistema de control de temperatura tiene que estar siempre dentro de un rango, en las condiciones de Siberia podemos funcionar lejos de ese parámetro gracias a la vasoconstricción periférica, con la que fabricamos más calor interno, y mediante mecanismos como el aumento del consumo de grasa, el tiriteo o con el hecho de que se nos ponga el vello de punta, que es una reminiscencia de cuando teníamos mucho pelo y funcionaba de aislante».

Pese a lo trágico que le puede parecer al común de los mortales enfrentarse a estas temperaturas, lo cierto es que la República de Sajá lleva años en el punto de mira de los más aventureros. Desde China, cuando los aviones pueden aterrizar, que no es muy a menudo, llegan constantemente turistas para experimentar el invierno más agudo de sus vidas y aprovechar el conocido como «bautismo de hielo». Estos osados foráneos también tienen que asumir la estricta dieta que siguen en la región, donde es imposible cultivar plantas, por lo que la alimentación queda prácticamente reducida a la carne.

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