La revolución del pernil de cerdo

Cientos de personas se echan a la calle para exigir a Maduro que les entregue el jamón que prometió en campaña y el presidente echa la culpa a Portugal


Caracas

A la inequívoca voz de «hambre, hambre», varios cientos de personas se congregaron el pasado miércoles por la noche en la rotonda de La India, uno de los sitios más emblemáticos del sur de Caracas. Esta fue la más visible de las decenas, quizá centenares, de protestas que se han desatado en Venezuela en este fin de año, y que tienen como punto en común: un incumplimiento del Gobierno de Nicolás Maduro. El presidente prometió entregar esta Navidad perniles de cerdo a cambio de votos en las elecciones del 10 de diciembre.

El asunto se ha convertido en un tema de política internacional. Horas antes, ese mismo día, Maduro, tras semanas de prometer el pernil en las «cajas CLAP (de ayuda alimentaria)», reconoció que la pata de cerdo, un elemento tradicional de la mesa navideña venezolana, no había podido ser entregada. En su tradicional línea victimista, el enemigo fue Portugal (o alguien con influencia sobre Portugal, porque Maduro no lo aclaró): «¿Qué pasó con el pernil? Nos sabotearon. Puedo decirlo que desde Portugal. Nosotros compramos todo el pernil que había en Venezuela, pero teníamos que importar y firmé los pagos. Nos persiguieron las cuentas bancarias y dos barcos gigantescos que venían y nos sabotearon por ahora», dijo.

El ministro de Comercio Exterior de ese país, Augusto Santos Silva, le devolvió un dardo envenenado: «Con toda seguridad, el Gobierno de Portugal no tiene ese poder de sabotear el pernil de cerdo. Nosotros vivimos en una economía de mercado». Una de las empresas involucradas, Raporal, informó que el producto no se embarcó porque Venezuela tiene una deuda de 40 millones de euros con proveedores lusos. 

Sospechas de corrupción

Pero no hay nada gracioso en la situación actual de Venezuela. El pernil que no se entregó a los ciudadanos a precios subsidiados apareció en las cadenas de hipermercados estatales a un precio equivalente a la mitad de un salario mínimo, que es de apenas tres euros al mes, acrecentando las sospechas de que tras la no distribución del producto había corrupción, o por lo menos, engaño. Según encuestas recientes, la «caja CLAP», (que se compone de algunos productos importados, como arroz, harina de maíz, atún en lata y aceite), ya significaba, para el 41 % del país, su modo fundamental de conseguir comida y una ayuda importante para un porcentaje similar de ciudadanos.

«Nos ofrecieron los perniles y las cajas y nunca llegaron», señalaba en La India una manifestante que rozaba la jubilación, según un testimonio difundido por redes sociales.

Maduro, que ha despedazado a la oposición a fuerza de votaciones manipuladas el último año, ve cómo su éxito electoral no tiene relación con la desesperación de un país en sensación de colapso: la basura no se recoge, la gasolina ha tenido que ser racionada en la mitad del territorio y la inflación ha cerrado el año por encima del 2.000 %. La malaria y la difteria, males desaparecidos hace décadas, resurgen y matan personas. Los precios cambian todos los días, y algunos, en horas.

El mandatario, vestido de verde oliva y rodeado de militares en la salutación de fin de año, envió un mensaje indirecto: «Guarimbas (protestas) nunca más. A quien haga guarimbas le tiene que caer todo el peso de la ley». La oposición política, en tanto, parece de vacaciones. Ningún dirigente de la Mesa de la Unidad Democrática fue a las protestas ni la coalición ha fijado posición sobre la crisis en la que ya todos coinciden es la Navidad más triste de la historia del país, en la que la broma del día de los inocentes en las redes sociales fue «llegó el pernil».

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