El día que Castro habló para La Voz en Sierra Maestra

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«Cuba es hoy el país de la ilusión, de la fe en el futuro», confesaba el líder en 1952. Hoy, el mundo se divide entre los que lamentan y los que celebran su muerte.

17 feb 2017 . Actualizado a las 16:19 h.

El despacho del doctor Castro revela inmediatamente una simpática y caótica improvisación. Una máquina de escribir sobre una silla. En el suelo dos ventiladores. Y hombres de uniforme y mujeres, todos jóvenes, que van, vienen y hablan. Recorremos el pequeño despacho con la vista, y por último, en un rincón a la izquierda de la entrada, descubrimos a Fidel Castro, de pie tras una mesa, muy pequeña y bastante desordenada. Viste uniforme, camisa simplemente, en la cual no descubre más distintivo jerárquico que una estrella en los hombros. Su barba, rubia, no es muy grande. Y en medio se abre constantemente una sonrisa noble, casi infantil, de esas que reflejan una personalidad.

Fidel luce expresión de fatiga.

-Ayer se retiró usted a las cuatro de la madrugada -le digo-. ¿Desde qué hora está usted aquí?

-Desde las ocho. Es necesario de momento. Duermo unas cuatro horas diarias, pero es indispensable. Sin embargo, desde que abandoné la sierra engordé siete kilos.

En aquel instante, una señorita deposita sobre la mesa de Fidel una gran fotografía en colores. Es de su hijo, que, según me dicen, sigue viviendo con su madre, de quien Fidel se divorció antes de desembarcar en Sierra Maestra.

-Esta bien, déjala así -dice Castro-. Y sigue atendiéndonos.

-Apenas verá usted a su familia.

-Muy difícilmente. A mi madre, solo cuando ella viene por aquí.

-¿Cree que este esfuerzo suyo durará mucho tiempo?

-A este ritmo, supongo que un año más. Después, tres o cuatro años todavía. Para entonces espero que estarán consolidados nuestros primeros pasos en la tarea revolucionaria, y después veremos lo que el pueblo opina.

-¿Serán entonces las elecciones?

-Quizá.

-Se le ha criticado eso. Al parecer, se estima en algunos sectores como una actitud antidemocrática.

-Ya lo sé. Supongo que tratan de entorpecer así nuestra tarea, obligándonos a desviar nuestra atención, pero no ocurrirá. Cualquiera que se asome a la calle comprobará lo que desea el pueblo: realizaciones, de momento. Las elecciones están por ahora demasiado desacreditadas, y, por otra parte, nadie podría discutir en este momento nuestro triunfo.

Creo que, en efecto, el doctor Castro tiene toda la razón. Puede estimarse que si el primero de enero el número de cubanos fidelistas significaba un cien por ciento, hoy la oposición puede ser de un diez por ciento, o poco más, integrada por cubanos ricos afectados por las medidas de carácter social impuestas por la revolución. Lo cual no quiere decir que añoren a Batista.

-Doctor, han transcurrido ya seis meses desde su triunfo. ¿Está usted satisfecho de lo logrado?

-Plenamente. Las cosas van ocurriendo según yo pensaba. Sé que algunos discuten lo acertado o desacertado del rumbo impuesto, pero nada más. Hay quien estima que nos precipitamos, pero yo considero que una tarea revolucionaria hay que hacerla así. Esto es una revolución y no un cambio de Gobierno.

-Un tema candente es la deserción del jefe de la aviación Díaz Lanz, que huyó alegando filtraciones comunistas.

-En un grupo como el nuestro, tan nutrido y precipitado, las traiciones tienen que ocurrir y habrá más sin duda. Pero esta de Díaz Lanz me resultó especialmente dolorosa, porque se trataba de un buen revolucionario, por quien hace unos días arriesgaron varios compañeros la vida, cuando tuvo un accidente de aviación. Ahora nos paga así. Esa referencia al comunismo me permite creer que no actúa por cuenta propia. En realidad, le molestó que, comprobada su incompetencia, yo le hubiera reservado para otra función, designándole un sustituto. Se había dicho que estaba enfermo. Cuando se enteró de que Almeida lo había sustituido, por orden mía, se precipitó a reincorporarse a su puesto, convocando incluso a la prensa. Lo dejé actuar para evitar el escándalo, pero cuando le dije que quería verlo, decidió la fuga. En definitiva, el enemigo también gana algunas batallas.

-Doctor, por todo el mundo se especula con el carácter extremista de algunos de sus colaboradores más íntimos. Fidel nos ofrece unos cigarros. Una señorita reparte café en vasitos de papel.

-Se trata de fantasías. Puede usted estar seguro de que nuestro equipo de Gobierno forma un bloque homogéneo, animado por una aspiración común: dignificar el país, imponer la honestidad y hacer justicia social que tanta falta hace. Todo lo que no sea eso, no será exacto.

-¿Ha solicitado usted alguna colaboración que se le haya negado?

-No. Disponemos de técnicos excelentes en todas las materias, y no solamente extraídos de nuestras filas. Con la particularidad de que nadie trabaja por egoísmo. Hoy para servir a Cuba es necesario espíritu de sacrificio, ya que nunca fueron más modestas las retribuciones, ni más nulas las posibilidades de lucrarse de otra manera.

-¿Qué prefiere en sus colaboradores: lealtad o capacidad?

-Las dos cosas: capacidad y méritos. Creo que todos las reúnen, y todos, comenzando por mí, consideramos un alto honor servir a la patria en estas circunstancias.

-¿Concede usted alguna posibilidad de retorno a Batista?

-Cualquier cubano le diría que no. Más que nadie, lo odian y desprecian sus mismos colaboradores de ayer. Sin embargo, ya lo ve usted: creo que la campaña tremenda contra la revolución desatada por algunos periódicos mexicanos es una consecuencia de sus subvenciones. Sabemos que Batista gasta hoy en México tres veces más de lo que venía gastando para combatirnos cuando estaba en el poder.

El tiempo pasa y Fidel continúa a nuestra disposición. Me parece correcto abreviar.

-¿Podría darme una breve definición de la Cuba actual?

Fidel Castro hace un amable gesto de contrariedad.

-Usted me pide una frase genial, seguramente. Yo no sé hacer frases geniales... Medita unos instantes y añade:

-Cuba es hoy el país de la ilusión, de la fe en el futuro, de la seguridad en sí misma.

-¿Y puede definirse usted?

Hay unos instantes de silencio. La respuesta le embaraza, pero no puede negarse.

-Bueno... Diga usted que soy un hombre con voluntad, que medita sus decisiones, severo consigo mismo, que sé pedir un consejo, que reconozco mis errores...

Se pasa la mano por la barba y los ojos. Por último alza la vista nuevamente y sonríe otra vez, como disculpándose.

-Mire, le ruego que me ahorre la respuesta. Por muchos esfuerzos que hago, parece que me estoy elogiando a mí mismo y comprendo que eso no gusta.

-Pasando a otro tema, doctor, usted se ha referido en ocasiones a una especie de Confederación Hispanoamericana, que personalmente estimo muy valiosa. ¿Cree usted que ese proyecto es factible en la actualidad con los antagonismos políticos que reinan en el Caribe?

-En realidad, yo creo que los problemas económicos tienen una importancia fundamental. Y por otra parte, estimo que la tarea tampoco es perentoria. Puede esperar.

El proletario habanero parece acentuar ahora sus exigencias. Se dice que no ayudó mucho a la revolución fidelista y el mismo Fidel se ha expresado categóricamente cuando los empleados de los autobuses, las guaguas, han pedido aumento de sueldo.

-Primero -les dijo-, dejen ustedes de robar. Luego veremos si la compañía puede acceder a sus pretensiones.

Por eso considero de interés formularle esta pregunta:

-En el sector laboral, ¿quiénes le han ayudado más: los trabajadores de la ciudad o los guajiros?

La respuesta, ambigua, no es rápida:

-Tenga usted en cuenta que la revolución se gestó y terminó en el campo. Era natural que la mayor ayuda haya partido del campesino.