«Para morir aquí, prefiero volver a Siria»

Los refugiados atrapados en Grecia no acaban de creer que Europa les ha cerrado las puertas y se preguntan, entre anonadados y aturdidos, si deben seguir peleando o es mejor rendirse


Idomeni / E. La Voz

La familia de Nadel espera a que los recojan los autobuses porque han decidido apuntarse al plan de recolocación. Aseguran que se han rendido. Llevan 15 días durmiendo encima del barro y no pueden más. A última hora de la tarde los refugiados recibían folletos con la información para pedir asilo en Europa. No podrán elegir destino, tampoco dejar el país que se les asigne. La decisión de los 28 de cerrar la ruta de los Balcanes ha dejado varadas a más de 30.000 personas en Grecia. No los enviarán a Turquía pero tampoco pueden seguir su camino al centro de Europa.

«¿Qué puedo hacer? Mira cómo están mis hijos enfermos. No puedo seguir así. Si nos quieren recolocar que nos manden donde quieran. Pero para morir aquí prefiero volver a Siria», se desahoga. Su hijo pequeño apenas puede sonreír. El ambiente en el campo de Idomeni está enrarecido. Nadie quiere aceptar la decisión del cierre total de fronteras.

Esperaban la salvación de Merkel y no acaban de creer que se quedarán a las puertas de su destino después de lo que han pasado. El miedo a que los dejen atrapados durante meses en campos atestados les hace seguir durmiendo al raso.

«Yo solo quiero ir a Alemania. Soy viuda y mis hijos están allí. Estoy sola», rompe a llorar Rojín. No quiere ni oír hablar de la posibilidad de vivir en otro país. Son malas noticias para los que quieren ir a Alemania. Quien tenga familia en el país tiene que notificarlo, pero no es seguro que puedan conseguir llegar al país teutón. Tampoco saben el tiempo que tendrán que esperar en los campos de refugiados de Grecia. Hasta ahora tan solo han sido reagrupadas cerca de 870 personas de las 160.000 previstas por la Unión Europea (UE).

«¿Qué hago ahora?»

Muchos todavía no se resignan a asumir que las fronteras no abrirán. Están entre anonadados y aturdidos, sin saber muy bien si pelear o rendirse. Algunos piensan que los sirios podrán pasar y, cuando piden información, se encomiendan a Dios para que la situación cambie. Continúan haciendo cola para arreglar sus papeles. «¿Qué hago ahora, qué me recomiendas? ¿Espero aquí o me voy a un campo? ¿Crees que me dejarán volver a Turquía? Igual lo mejor es volver a Siria», expresa Hasán sus dudas. Su mujer está embarazada de ocho meses. Si todo sigue así, el bebé nacerá en la frontera que separa Grecia de Macedonia.

En los corrillos que se forman en el campo hablan de Albania como ruta alternativa pero, aunque el país vecino ha dicho que no cerrará sus fronteras, es un trayecto todavía más peligroso que la extinta ruta de los Balcanes. «Si tuviera dinero lo intentaría pero después de dos semanas aquí apenas tenemos para comprar agua», explica Hasán. La ruta alternativa pasa por recorrer las montañas albanesas y lanzarse otra vez al mar si quieren llegar a Italia porque Croacia también les ha cerrado el paso. El país italiano ha mandado policía a Albania para el caso de que el camino de los refugiados se desvíe.

Ciudad sobre el barro

Pasan los días y el campo improvisado en Idomeni empieza a parecerse a una pequeña ciudad construida sobre el barro. Hay puestos de comida, refugiados que todos los días recorren 20 kilómetros para traer mercancía y luego revenderla. También hay quien aprovecha para hacer negocio. «Tarjetas de teléfono a 10 euros», grita un vendedor ambulante. «Tabaco, agua», ofrece un refugiado de Alepo.

A pesar de sus condiciones los refugiados no pierden la sonrisa ni la amabilidad con la que tratan a todo el que se les acerque. Abren las puertas de sus tiendas de campaña y ofrecen lo poco que tienen. «Hoy de cena hay huevos duros y sopa caliente, están invitados», Alí recibe a quien quiera pasar un rato hablando con su familia. Es ingeniero de telecomunicaciones y escapó de Raqqa con toda su familia. No admite que le digan que no podrá llegar a Alemania.

Los voluntarios anónimos llegados de toda Europa se han encargado desde el principio de ayudar y de repartir comida. A penas tienen fondos pero hacen auténticos milagros. Actividades para los más pequeños, abrazos y sopa caliente. Médicos sin Fronteras es una de las organizaciones que trabaja 24 horas para atender a los enfermos. El dolor de la mayor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial se hace más llevadero gracias a ellos.

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